jueves, 25 de enero de 2018

Escenas y cavilaciones en la CDMX

La escena más memorable en el metro de la Ciudad de México hoy, que por primera vez hice el recorrido sola, incluyó a elementos de la policía capitalina deteniendo a un vendedor ambulante y queriendo además llevarse a otro pasajero joven que portaba camiseta de la UAM, solo porque intervino en defensa del vendedor. Iba yo a bajar en Chabacano y unas tres estaciones antes de eso, en Iztacalco, el vendedor fue “rodeado” por dos policías, quienes desde sus celulares parecían acordar algo muy relevante respecto al pequeño detenido (no le minimizo, era en realidad un muchacho de pequeña estatura). Esto ocurría en uno de los vagones dispuestos para las mujeres, donde estábamos varias observando con desconcierto esta interacción. No era hora pico así que todo tenía bastante visibilidad. Cuando uno de los policías sujetó de la nuca al estudiante, éste sacó su credencial para identificarse como tal, cosa que poco importó a “la autoridad”, pues entre jaloneos no muy bruscos pero sí de evidente sometimiento le dijo que se lo llevaría. Pasamos Coyuya y nada parecía estar claro respecto al delito o la infracción que les hiciera merecedores de tales tratos, así que cuando el metro abrió las puertas en Santa Anita dos señoras (digo señoras pero probablemente tenían mi edad… lo cual nos categoriza a todas en ese rubro: señoras) se pusieron de pie y empezaron a gritarle a los policías que eso que estaban haciendo era abuso de autoridad, que no tenían porqué llevarse al segundo muchacho, al estudiante (quizá es cosa de que a los vendedores ambulantes ya se les tiene estigmatizados, no lo sé), e interponiendo el cuerpo entre el policía y el estudiante una de las dos mujeres enfatizó “¡no te lo vas a llevar!”. Los policías siguieron sujetando al joven vendedor ya hacia la salida del vagón, sacándolo; pero dejaron al estudiante. Eso entre gritos de las dos señoras hacia los uniformados en los que les decían “puercos”, “corruptos” y el siempre clásico -y un tanto misógino- “hijo de tu puta madre”.  Las puertas cerraron y nadie dijimos cosa alguna. Yo contuve unos aplausos, debo confesar. Todas seguimos en lo nuestro, que es justo la enajenación, perder de vista el entorno para concentrarnos en nuestros mundos interiores… o en nuestros celulares (aunque aún no me atrevo a sacarlo en público por estos lares).

Tengo el privilegio de que una profesora, geógrafa cultural, me ha estado presentando-narrando la ciudad. Entonces recibo una orientación que es teórica y práctica y seria e irónica y afectiva y comprometida y-- No sé, una orientación hasta íntima podría decir, en el sentido de quien conoce algo demasiado bien y desea compartirlo. Seguro soy igual con Tijuana-Ensenada, y con quien aprecio lo suficiente como para invitarle a conocer mi mundo. Mis días todavía no se ajustan al ritmo de esta ciudad o, más bien, no han sabido configurar sus propios ritmos. Vengo por motivos de estudios de posgrado. Pero eso siempre abre muchas otras posibilidades; por lo pronto tengo en puerta proyectos que son solo académicos y que me implican cierto encierro. ¡Qué distinto es moverse sin carro! (quizá deba disculparme por el aparente clasismo en ese comentario… Quizá deba valorar más contar con transporte eficiente; quizá deba valorar más caminar). La primera semana acá estuve prácticamente homeless, con muy pocos recursos (económicos y emocionales) como para explorar. Ahora tengo casa, estoy súper conectada al mundo, y aún así no encuentro ánimos como para adentrarme en él. Debe ser que extraño, que la extraño. Y que, pese a lo emocionante de esta estancia, tengo mis apegos. Hoy solo me he dedicado a escribir, y a preparar un caldo de pollo que de tan espeso más bien parece un estofado. Supongo que poco a poco saldré a conectarme con esta ciudad que en realidad es increíble. Conocer y re-conocer, ya que viví acá en etapa preescolar. Seguro mi memoria guarda algo de este espacio, que fue donde aprendí a comunicarme.

De empezar a cotidianizar una dinámica transfronteriza (porque justo saqué visa gringa el año pasado), de contar con una vista al mar fabulosa desde mi otro espacio académico, de tener incluso un cubículo de trabajo, cafetera eléctrica, movilidad a gusto propio, dos gatitas salvajes, cantos matutinos, muchos besos, pochismos… Ahora mi vida tiene prensas francesas, una gata siamesa, tarjetas del metro, cama que parece un bombón, ningún espejo, Netflix, duchas solitarias, lluvias sorpresivas, silencio, chilanguismos… No comparo por concluir que algo sea mejor: solo enuncio aquí las diferencias que al momento identifico.

El año nuevo “nos agarró” en el Uber andando por la vía rápida de Tijuana hacia la zona Norte. El conductor nos dijo que eso es un buen augurio, que nos esperan muchos viajes. La mudanza ahora sí está completa y yo un poco endeudada. Pero caminar es gratis, right? Y estoy en una zona tan pero tan amable que creo que debo empezar a explorar de otra forma, con ganas de estar, de habitar más allá de los espacios “de resguardo”. Ahora vi espejos a la venta en 60 pesos. Tal vez mañana me cargue alguno en el metro desde Iztapalapa hasta Chabacano. Tal vez mañana sea yo quien interponga el cuerpo entre un policía y un estudiante. Todo es posible. Y estoy lista.














domingo, 23 de julio de 2017

Torpe turista cae 21 pisos*

El día de mi partida viajé a través del tiempo: salí de La Habana a las 5:00 a.m., volé durante tres horas y llegué a Monterrey a las 7:00; luego, a esa hora (aproximadamente) partí para volar otras tres horas y llegué a Tijuana a las 9 de la mañana. Viajé seis horas y solo pasaron cuatro. Mi cuerpo ya se había adaptado a horarios ajenos. Mi rostro reflejaba una ausencia. Mis ojos extrañaban, como suyo, un lugar que nunca les ha pertenecido. Tras la aparente oscuridad de unos lentes de sol busqué, y por la ventanilla del avión solo vi luces de ciudad que se alejaban a medida que se acercaban otras en el cielo conocidas como estrellas. Perseguimos al amanecer en nuestro vuelo, lo apresuramos... Volamos tan alto que el sol nos alcanzó (o nosotros a él) antes de lo debido. Penetramos nubes sin permiso. Compartí dolor con pasajeros. Ese dolor por los viajes. Fui la única que se tatuó, eso sí lo sé. Entonces les gané en sufrimiento porque mi piel también lloraba. Nadie tenía un dolor semejante.

Todo me gustó tanto que pensé “quiero morir en La Habana ahora”, mientras admiraba la grandeza de su arquitectura desde el piso 21 del hotel con la ventana abierta. “Si en este momento llegara una ráfaga que me empujara por la ventana no me resistiría: caería feliz de saberme muerta. Quiero morir ahora en este estado tan pleno en el que me encuentro, no le debo nada a nadie, soy feliz, estoy en paz”. Pero tenía que llegar la ráfaga porque yo no lo haría. Mi cámara colgaba del cuello. Los periódicos anunciarían entonces: Turista cae por la ventana mientras tomaba fotos. Dije: “¿a tan poquito se reduce mi existencia?”. No muere Melina Amao Ceniceros, futura reconocida escritora mexicana. No: Torpe turista resbala del piso 21 y muere. Buscaba una toma panorámica. Ahora está hecha mierda en el estacionamiento del Tritón. Ahí quedaría mi historia. El encanto por otro país. La fidelidad al mío. Los hijos que aún no existen ni en mi imaginación. El orgullo de mis padres. La esperanza de mis maestros. Mis futuras novias. Esa admiración desmedida e irracional de algunos de mis compañeros. Todos los cálculos matemáticos que aún no entiendo. Los chistes que tengo que contar. No, no, no. Este cerebro tan lleno de información para aportar a mi entorno. Otros países por conocer. Tengo que casarme con mi vestido pomposo de tul blanco. Estudiante mexicana cae 21 pisos antes de morir. No. Todavía me esperan más pinturas en la piel. Junto con unos doscientos besos cubanos. Tenía que viajar a través del tiempo. Tenía que llorar en el avión al lado de una Brenda infiel con el pensamiento. Tenía que ver a la fría Tijuana nuevamente. Tenía que sostener monedas que no me hicieran sentir estúpida. Tenía que revisar apresurada mi correo electrónico. Tenía que extrañar. Y heme aquí: en mi recámara escuchando un poco de un Silvio (para variar) que dice que dejó pasar unas horas. Yo las perdí al atravesar meridianos del globo terráqueo y él simplemente las deja pasar. Yo pasé a través de las horas, a él le pasaron las horas por un lado. Estoy escuchando también el ruidoso calefactor que hace mis noches más llevaderas en este invierno. Es de madrugada más o menos. Me estoy enviando hacia Cuba por medio de la energía de los pensamientos. ¿Me sientes?

Tanto por hacer y la intrépida turista queriendo morir en La Habana un día entre el 3 y el 10 de diciembre del 2000. Pero aquí sigo. Y ahora que sentí la muerte en uno de mis padres me da gusto no haberlo hecho. He visto lo que la muerte le hace a los vivos. Es injusto y muy cruel. Duele. Y provoca malestar. Es nocivo para la salud.

Este diciembre me ha cambiado. Dime diciembre: ¿qué sigue? Todavía te tengo que enseñar mi medio ambiente. Mi hábitat. Mi modus vivendi. Por eso la ráfaga nunca llegó. Ni siquiera en la memoria porque no compartí mi deseo de morir con la gente que quiero. Porque precisamente estando con ellos solo pienso en la vida. A las reflexiones sobre la muerte como una posibilidad se llega de manera solitaria. Por eso es bueno tener gente cerca todo el tiempo.

No busco amor porque tengo de sobra. Pero duele. Porque no es de la medida de mis necesidades. Y finalmente para qué quiere el ser humano amar más que para sentirse bien. Aquí va un cuestionamiento hacia la frase “el amor lo cura todo”: ¿con qué curo el amor? Lo admiré en la única estrella roja que la noche me permitió ver mientras volaba. Claro, no faltó el compañero listo que me dijera que era otro avión a quien le estaba hablando. Lo sentí alguna tarde soleada caminando en otra tierra: respiré el amor. Pero como dije hace un rato: tengo de sobra. Porque lo toco todos los días, lo escucho, lo mastico. Está en mi organismo y no va a salirse fácilmente. No necesitaré buscarlo en los bares ni en el internet. He visto esa mirada desesperada que grita ¡ámenme! en algunas personas; el visto el arrepentimiento en los ojos de mis exnovios, he visto la soledad en las actividades de mis primas. Pero mi historia es otra y la de mis hermanos y la de mis padres. Y la de mi experiencia y la de mis genes y la de mi signo. Porque mis desvelos no son tan en vano. Porque me siento bien escribiendo. Y finalmente para qué quiere el ser humano escribir más que para sentirse bien. Estudiante mexicana cae por descuido 21 pisos encontrando la muerte. Pero no fue así porque todavía tenía que leer un libro azul que me regaló mi padre con los lentes Gucci que me obsequió mi madre. Tenía que divorciarme de un par de personas. Tenía que regresar a reírme de la pronunciación de mi nuevo presidente. Tenía que hacer unas cuantas llamadas de larga distancia. Tenía que arreglar mi cuarto y mi vida. Me estremezco al imaginar que de manera egoísta (muy a mi estilo) me llevaría esto dentro.

28 de diciembre de 2000.
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*En diciembre del 2000 viajé a La Habana en un viaje universitario junto con varios compañeros y compañeras de la licenciatura, con motivo de un Congreso de Comunicación al cual nunca entré. Esa semana me dediqué a conocer la ciudad bajo la guía de algunos amigos momentáneos, también me tatué. Allá, en Cuba, celebré mi cumpleaños número 20. Ese viaje representó además la primera vez que salía del país. Casualmente hubo una serie de eventos culturales que me permitieron ver con mis propios ojitos a Silvio Rodríguez y a Fidel Castro. Al regresar, una persona muy significativa para mi historia falleció el 21 de diciembre. Fue, sin duda, un mes muy muy loco. Este texto lo escribí el 28 de diciembre de ese año, y lo presenté en alguno de esos encuentros literarios del puerto de Ensenada. Las mudanzas y los años me hicieron perder el registro digital de este archivo creyendo de verdad que se trataba de un material ya inexistente, pero ayer, 22 de julio de 2017, me encontré una versión impresa entre mis documentos de la universidad. En mi lectura compartida en aquel tiempo (por ahí del año 2001) sentí que debía autocensurarme y edité en ese mismo texto impreso algunas partes, pero ahora lo comparto en su versión uncensored. Es muy intenso volver a una en el tiempo. Lo digo en un buen sentido.

domingo, 9 de abril de 2017

Yo no crucé la frontera, la frontera me cruzó

Metaforizando con esto de las fronteras pues diré que es bien bonito transgredirlas. Fronteras sexuales, culturales, identitarias, estéticas… Aunque cruzar con visa los límites geopolíticos no sé si quepa dentro de la noción de transgresión. Bueno, empiezo por el principio: tengo visa. El consulado de los United States aprobó mi solicitud de visa y esto es histórico (en mi biografía, que pues es toda mi vida) dado que nunca había yo solicitado visa ergo nunca había cruzado a los United States. Creo que he repetido hasta el cansancio que en mi anterior paradigma me regían lógicas muy nocivas y que una de ellas era el miedo: miedo a todo, a vivir básicamente. Entonces, bajo un discurso de posicionamiento ideológico anti-yanqui expliqué mi renuencia a solicitar visa gringa. Y eso tuvo mucho sentido por mucho tiempo de mi vida (ya sé que hablo como si tuviera 200 años). Pero al tiempo pensé: ¿por qué me niego la posibilidad de cruzar de un país a otro? Particularmente siendo fronteriza-whatever-that-means. Veo el muro, le tomo fotos al muro, el muro me mira a mí. No es poca cosa vivir en el cotidiano la idea de un final espacial-cultural-político. Es decir: esa raya divisoria cartografiada en los mapas entre Mex-EU nosotrxs, lxs de Tijuana, la vemos materializada en un muro que además del 2001 para acá se hizo doble (al margen de disposiciones trumpistas, acá vivimos con el muro desde “siempre”). Ni imaginario ni imaginación fronteriza: podemos ver los discursos geopolíticos de la securitización. Están ahí. Todos los días: muros que se acompañan por la vigilancia aérea, terrestre y marítima de la border patrol. Pues tampoco es poca cosa tener por el norte al muro y por el oeste el Océano Pacífico. Y sentirnos-sabernos en una esquina.

Muchas fueron las consideraciones que determinaron mi decisión de solicitar visa, pero la principal es que de unos años para acá me he propuesto hacer todo distinto a como lo hube hecho, abandonar de a poco o de golpe mis miedos y prejuicios, apostar por el movimiento en lugar del estancamiento. Ya saben: “salir del clóset”, dar clases en la universidad, manejar auto propio y tramitar licencia de conducir, postular a cuestiones académicas siempre con la posibilidad de ser rechazada… Y cruzar a los United States era parte de esas cosas nunca antes experimentadas, por temor o prejuicio o inamovilidad o todo. Este proceso empezó a finales del año pasado, cuando saqué cita para renovar mi pasaporte mexicano. Quienes han tramitado esto sabrán que pocas cosas mejoran en el ámbito de cualquier solicitud frente a las instancias gubernamentales: resumiré con decir que fueron cinco horas de mi vida solo en la espera de mi turno en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Horrible. Simplemente son trámites rebasados por la capacidad de solicitantes y la incapacidad burocrática-tramitológica-mexicana. Chistoso-preocupante resulta ver a las familias que al paso de las horas reducen su tolerancia hacia los integrantes más pequeños: padres que le dicen a sus hijos por la mañana “juega con mi celular, mi rey” y por la tarde les gritan “¡cállate, no dejas escuchaaaaar cabrón!”.

Resuelto lo de mi pasaporte, en cuya foto no salí tan terrible (desde mis laxos criterios), me dispuse a tramitar la cita con el Consulado de los United States. Mis fechas: 11 y 13 de febrero (una fecha para registrar la solicitud y las huellas dactilares; la otra para la entrevista con un agente consular). Impactante aunque no sorprendente esto del condicionamiento que tenemos incorporado, pues el trámite en ambas fechas no solo fue sumamente ágil sino que nuestro comportamiento como solicitantes totalmente dócil. Fuimos ciudadanos ejemplares. Si bien no es mi tendencia ser grosera, sí admito que seguro mi cara de hartazgo sobrepasó mi control facial en el trámite del pasaporte, mientras que mi rostro fue entre nervioso e hiper amable en el de la visa. Pero lo atribuyo en parte a eso mismo recién mencionado: un trámite es insufriblemente tardado y otro hiper veloz. Sin duda el tiempo de espera impacta en el ánimo, I think. Y claro, también está esa otra pequeña situación: el pasaporte mexicano no nos lo niegan pues es nuestro derecho (en tanto hayamos pagado el monto y no seamos prófugxs de la justicia) mientras que la visa podrá ser rechazada a criterio del agente consular, de ahí (supongo) nuestra docilidad y rostros amables.

En mi entrevista solo me preguntaron algunos datos ya proporcionados en el llenado previo de la solicitud, como el clásico “¿a qué te dedicas?”. De cualquier manera, al igual que otras personas solicitantes, llevé una carpeta con documentos probatorios de casi toda mi vida: de un lado la vida laboral y del otro, la académica. Pero no hubo necesidad de demostrar cosa alguna. Cuando la agente me dijo con su tono californiano “aprobada”, reaccioné con un “¿en serio?” que de momento provocó un gesto en ella como de duda, por lo que agregué un “gracias” y me encaminé a paso firme hacia la salida. Yo iba lista para que me preguntara mis motivos por no haber solicitado visa nunca antes, o hasta cuestiones personales como si vivo sola o por qué no tengo hijxs. Bueno, no es que fuera lista para eso, pero lo tuve en mi horizonte paranoico. Así que mi asombro fue genuino cuando la respuesta afirmativa se presentó tan rápida. La visa me llegó el 22 de febrero a una oficina de DHL cerca de mi casa. Pasé por ella a las 4 de la tarde y con el pretexto de festejar y abatir la soledad (aprovechando que me encontraba en una plaza comercial) me metí a una sala de cine a ver la película de Florence Foster Jenkins, que amé.

Entre cuestiones de tipo presupuestal y solamente de logística mi visa quedó guardada lo que restó de febrero y todo marzo, pero inicié este abril estrenándola: me llevaron a Otay Ranch, donde gasté los únicos 35 dólares que llevaba en la bolsa. Aún no puedo decir que fue un gran impacto cultural ni de otra índole esto de cruzar la frontera, pues me di una vuelta muy fresa y en carro a un lugar tan hermoso como privilegiado. Mis apreciaciones son todas de tipo adulador porque mi experiencia fue la de una consumidora moderada en un espacio diseñado para ello. Llamó mi atención que la gente, tanto trabajadorxs de los comercios como otrxs compradorxs, miraran a los ojos y sonrieran, es decir, no percibí prejuicio ni miradas escudriñadoras, sino como que mis ojos y los suyos se cruzaban por convivir. Por supuesto contextualizo esto, de manera que no asumo que dicha dinámica prevalezca en otros espacios de los United States. Aunque algo que me asustó y quizá responde a ese mismo disciplinamiento del buen ciudadano fue el silencio: recorrí lugares muy silenciosos, con gente silenciosa haciendo cosas silenciosas, como preocupada por no incomodar, algo muy raramente experimentado en Tijuana al menos, donde todo es loud.

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Borré todo. Releerme no me avergüenza respecto al estilo o las temáticas “inmaduras”. Relerme en lo que fui hace cinco, diez, veinte años me avergüenza por la violencia. Algo se rompió en mí hace muchísimo tiempo y no ha sido fácil sobrellevarlo. No sé bien qué se rompió. Y tampoco sé bien cómo se sobrellevan las fracturas. Leerme a la distancia me abrumó tanto que borré todo. Tan temerosa, tan vengativa, tan violenta, tan suicida y tan asesina. ¿Era necesaria tanta violencia? Recurriendo al cliché tal vez deba decir: sí, sí era necesaria porque por ello eres quien ahora eres. Pero no basta el cliché. Lo racional no suprime lo emocional. No hay respuesta suficiente. Aunque haga un rastreo biográfico/contextual/fenomenológico. Y borré todo por evitar que ello me persiga, ese pasado, esas que fui. Ingenuamente, claro. Por lo mismo ya no vuelvo a ciertos lugares, o vuelvo con desgano y mucha cautela. Vuelvo con prisa por la huida. No me gusta el terruño. Ni la gente de ahí. No me gusta lo estático. Lo predecible. Los destinos manifiestos de la maternidad heterosexual. De los bienes materiales. Del fondo para el retiro. De las estéticas obligadas por aceptables. Y entonces pienso como justificándome que mi violencia hubo sido frustración, que devino de una pedagogía cotidiana de rechazo a cada fracción de mí. Sentirse siempre a medias supongo que va haciendo una llaga honda en el alma (quiero así de dramática la expresión). De verdad que nunca entendí –como no entiendo ahora– por qué he de cumplir criterios corporales y de elección de vida que se me imponen como instructivo para una felicidad que tampoco busco. He llegado a pensar que mis decisiones de vida serían incuestionables si fuera delgada, sin tatuajes, si me maquillara ligero, si usara tacones, si me rasurara las axilas más frecuentemente, y si además conversara juzgando los cuerpos de las demás (como dicta la convención social). He llegado a pensar que si mi cuerpo fuera otro, uno estandarizado dentro de los parámetros universalizados de lo deseable, poco importarían “mis fracasos” (inventariados en criterios neoliberales, obviamente), hasta se anularían. Es mejor ser decadente y bella, que luchar por lo que una cree y disentir con el cuerpo (en su estética y en sus prácticas), es decir: ser fea. Cualquier cosa es mejor que ser fea. Y gorda. Que esta última categoría ya implica la primera. Y me enoja darme cuenta que me importa, o que al menos no me es indiferente. Que basta un solo juicio externo para interiorizarlo todo, para recordar todas las discusiones preadolescentes y adolescentes por la autonomía corporal. Para confirmar que sigo sin ser suficiente aun a mis 37 años. Estudio un doctorado en algo que verdaderamente amo, una transdisciplina social y cultural cuyo origen es el posicionamiento crítico frente los paradigmas dominantes; he publicado artículos arbitrados; estoy por viajar a dos congresos fuera de la ciudad y del país; mi promedio es el más elevado (al momento) y yo me lo tomo como un reconocimiento a mi esfuerzo, que de verdad es tal: me esfuerzo; trabajo una tesis con investigadoras que admiro; y lo que intento investigar versa sobre las violencias y discriminaciones sistematizadas hacia las mujeres, trans y no trans. Así quiero ahorita inventariar “mis logros”, porque son míos, porque los he trazado así. Hace muchos años que tengo autonomía económica, aunque ello implique una vida modesta y sin propiedades (en el sentido patrimonial); nadie me patrocina cosa alguna. Mi novia y yo nos apoyamos porque también lo hemos trazado así, y ella ahora vive lejos de mí porque está andando un camino muy suyo que tenía pendiente, camino que a la vez se articula con otras causas pendientes de un impacto mayor. Pero nada de eso importa cuando el cuerpo no es bonito de observar. No intento escribir con ánimos catárticos de psicoanálisis. Estoy, más bien, identificando avergonzada o acaso justificando cínica que toda esa violencia y todo ese rechazo del deber ser-lucir-hacer que he recibido lo reproduje durante muchísimo tiempo. Y me burlaba, con aires de superioridad. Y discriminaba. Y era ruin. Y todo estaba expuesto: tenía lectores y lecturas de empatía. Odiadora, eso fui. En esta que soy busco eliminar todo rastro de esas violencias. Y tenga o no efectos en mi configuración personal de manera evidente, borrar todo texto es más bien una pretensión simbólica de repudio: borro porque ya no lo quiero; borro porque ya entiendo diferente; borro porque me avergüenza; borro porque necesito reafirmarme en el presente; borro porque me ha costado distanciarme; borro porque tengo desaprehensión; borro porque urge renovar la energía. Si bien somos archivo, los acervos pueden cambiar de significado. Y en eso estoy desde hace tiempo. Supongo que es lo que toca. Ojalá no tardemos tanto en llegar a ese lugar donde el peso global del deber ser bella deje de afectar-nos.

lunes, 7 de noviembre de 2016

Ontological affinity

{tú a ti}
Y entonces encuentras afinidad porque hemos, todxs, sufrido: que la violencia por nuestra sexualidad, que la discriminación a nuestra identidad, que la censura a nuestros cuerpos. Y entonces encuentras complicidades porque las disidencias, el valemadrismo, el azote, el intenseo… se vive igual, o parecido.

{nosotras}
Nos han transgredido, y aunque no nos victimizamos por ello podemos nombrar esos accesos no solicitados a nuestra intimidad. Con las manos o con los penes o con las bocas, nos han transgredido. Y no pudimos evitarlo porque estábamos wasted o porque estábamos esposadas o porque sus corporalidades lograron someternos o porque eran más de uno. Y el miedo se activa porque todo es memoria y experiencia y sentido. Y la rabia no se marcha. Incrementa. Y hemos tenido que salir del clóset de la violencia y de las sexualidades no normadas una y otra vez.

{nosotras}
Seguimos vivas. Y vivxs. Pero no negamos que tenemos tallado en el cuerpo varios dolores. Y, de vez en vez, nos flagelamos por estar instaladas ahí: en el dolor. Además de todo, cargamos a nuestrxs muertxs. Y nos sentimos culpables por estar vivas en dolor, y ellxs muertxs. ¡¿Qué estás haciendo con tu vida?!

{tú a ti}
Pero no estás sola y eso tanto te alegra como te deprime. Muchas comparten tu sentir porque muchas han (sobre)vivido las mismas agresiones. Son muchas como tú: dolidas, silentes, solas, enojadas, castigándose… Nosotras, ustedas: unidas en el malestar de un mundo mierda.

lunes, 31 de octubre de 2016

“La lluvia ácida mojaba octubre”


Vimos a Caifanes y no vimos a Caifanes, por primera vez. Porque el guitarrista de la gira no solo no es Marcovich sino que es malo, o sea, no es siquiera un buen guitarrista. ¿Y Saúl? Pues sin voz y un chingo de efecto microfonado. Pero era de esperarse. Por eso eran y no eran Caifanes. Por eso lo que vimos fue y no fue lo que tendría que ser. De ahí que nos sintiéramos defraudadas y no nos sintiéramos defraudadas, porque la expectativa era toda y ninguna, porque de hace 20 años para acá todxs hemos cambiado, porque compartir la experiencia de la decadencia del grupo y nuestros propios recomienzos fue lo verdaderamente significativo. “Miiiira que la viiiida no es eteeeerna…”. Ella viajó algunos kilómetros y algunas horas solo para estar conmigo, para asistir a nuestro primer concierto juntas de esta vida juntas. Mi viernes ya había sido bastante terrible, no necesitaba defraudarme y no defraudarme del grupo sola. “Cuéntame algo que si no voy a enloquecer…”. Si un profesor se burla de lxs alumnxs, lxs hostiga, lxs ridiculiza… es violencia (A. lo explica muy bien): Es violencia solo por su posición, solo porque el aula está jerarquizada, solo porque hay un poder en ese modelo y ese poder lo ejerce el profesor (aquí lo dejaré en masculino, es decir: no diré “el” o “la” profesor/a). Masculino. Porque justo se reproduce un esquema de violencia masculina en esas dinámicas. Porque justo la conducta es misógina. Porque justo se nos dirige a nosotras. Y la verdad es muy cansado y muy cargado convivir con tanta violencia. “Mátenme porque me mueeeeeero…”. Lloré en el carro, saliendo de clase, preguntándome –sin respuesta alguna– cómo hacer para descargarme de esa energía, cómo hacer para que el mundo no impacte de manera devastadora, cómo sobrellevar la responsabilidad diaria de defender-educar-explicar-precisar-defender-defender-defender la convivencia respetuosa. Estuve en el estacionamiento, dentro del auto, paralizada: se trata –sí– de situaciones cotidianas, pero me rehúso a normalizarlas. “¿Por qué no puedo resignarme y aguantarme hasta la risa?”. Luego, volví al mundo y, empeñada en ser una mujer funcional en su sentido social (consumista/capitalista), acudí a un mercado y caí, como en cámara lenta pero cuadro por cuadro, como el efecto ese de pasar las hojas de un cuaderno y ver una imagen en movimiento progresivo, como una máquina de nickelodeon. Tuve tiempo de racionalizarlo: sabía que estaba cayendo mientras caía. Raro. “Y de rodillas vuelan los lamentoooos, de algunos buitres, de algunos cerdoooos…”. Más llanto, ahora en los pasillos del mercado, lado izquierdo del cuerpo jodido, lado izquierdo del cerebro en depresión. El corazón, siempre del lado izquierdo, atestiguando los azotes. “De esas veces que veo tooodo gris y me cueeesta despertaaar”. Y entonces la vida empezó a parecer una mejor vida, porque ella me confirmaba su prisa por estar conmigo. Viernes. Músicas. Añoranza. Disposición. Deseo. Amor. Voluntad. Posibilidad. El ahora. “Con las paredes sudo tu rastro, con la memoria busco tu rostro…”. Y es que la vida se construye en todas direcciones. Y es que nosotras nos reconfiguramos. Ninguna habíamos visto a Caifanes, y tal vez no lo hicimos y tal vez no lo haremos porque lo que existe es una imagen desdibujada de nuestras adolescencias. Las luchas son otras, los espacios, las andanzas. Novedad sin aferramientos. Novedad y un gran deseo de que así continúe. “…El movimiento me hará cambiar toda mi piel, toda la fe”. Creo que nos ajusta muy bien nuestros actuales y renovados paradigmas. Azotes incluidos, al menos los propios. Pero hoy ella ya se va. Y yo la alcanzo pronto. Quiero ir a ella. Estar. Creo que por primera vez estoy conociendo que existe tal cosa como un estamos.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Marchas del odio


Unx podría pensar que nada ha cambiado a partir de la marcha homofóbica que tuvo lugar ayer en numerosas ciudades de México, en el sentido de que –además de expresar su odio– no se continuó con una persecución más terrible de la ya existente hacia “la diversidad sexual”, ni se echaron atrás derechos “otorgados” (como el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo, que ya se ejerce en varias entidades). Ahora vi algunos memes que mencionaban justo que “podemos estar tranquilxs, porque ya marcharon en pro de la ‘familia natural’ y nada pasó; nosotrxs seguiremos amando y casándonos con quien queramos”. Pero yo creo que sí cambiaron y están cambiando algunas cosas. La primera de ellas es el posicionamiento frente a las tendencias retrógradas-violentas-homofóbicas, es decir: muchísimas personas (no solo en ciberredes) sintieron la necesidad de posicionarse frente a estas marchas de odio, ya sea desde el argumento de “todas las familias, todos los derechos”, o desde la distinción de “soy heterosexual” o “he formado una familia tradicional” y sin embargo “apoyo a mis amigos y familiares homosexuales”, o incluso desde la cuestión religiosa precisando que “no todos los católicos somos homofóbicos”. O sea: una cuestión que no solo defienden lxs implicadxs (comunidad LGBTTTI). Por otro lado, me ha sorprendido al punto de sentirme profundamente conmovida la manifestación de algunxs conocidxs que sé bien ejercen su sexualidad y sus relaciones en el entendido “del clóset” (personas que eluden lo más posible de su discurso una cuestión de identidad sexual “diversa”, aunque sean diversas) y que ante esta “polémica” han hecho pública al menos una postura con relación al rechazo a la marcha homofóbica, tendiendo al ámbito de los derechos humanos y el derecho a la no discriminación.

Eso por un lado; ahora bien, además del posicionamiento que ha generado esta temática, identifico un interés por conocer el asunto del matrimonio igualitario en quienes se han mantenido simplemente al margen de esta discusión. Jóvenes y no tan jóvenes. Y eso es algo que los mochos no previeron. Ellos y ellas, en su orgullo binario y heteronormado, salieron a promover el oscurantismo y la ignorancia arguyendo a un “diseño original divino”, en cambio –en su ánimo de adoctrinamiento y exclusión– hicieron visible el movimiento por los derechos civiles del mundo queer, ante muchas personas distantes a estas temáticas. Y eso camina en dirección opuesta a sus fines.

Y es que esto ha pasado siempre en la historia de la sociedad (así de gigante como se escucha): cuando hay una avanzada en materia de derechos para algún grupo considerado minoritario, hay a la vez una respuesta endurecida y reaccionaria de los grupos conservadores por evitar perder su jerarquía, sus privilegios, su posición dominante. Se ha visto con la comunidad negra ganando espacios, erradicando (aunque eso lo podemos seguir cuestionando) la segregación racial; mujeres en la vida pública (universidades y ámbitos deportivos considerados masculinos, por ejemplo) demarcándose como sujetos políticos (¿sujetas políticas?); gays, lesbianas y transgénero ampliando las posibilidades sociales de existencia (existencia también política) y de visibilidad: reconfigurando nociones tan aparentemente fijas como la de “familia” e “identidad”. En todo caso (sonará optimista) la marcha del odio y toda otra forma de organización retrógrada nos habla de que está ocurriendo una transformación social, y que –como tal– produce resistencia en quienes se empeñan en mantener el estado de las cosas, aquellxs de mirada corta, muy corta.

Al final me deprimí menos de lo que pensé ayer en la marcha homofóbica, porque acudí con dos amigas a documentar el asunto, a ponerle rostro a esos discursos de odio y discriminación acá en Tijuana. Fue una energía muy pesada, cierto, pero no permeó en nosotras pues entendimos bien que dicha expresión nace, sí, de la ignorancia, pero tiene además un origen temeroso: somos muchxs quienes les estamos cambiando el paradigma, y eso no va a parar.




viernes, 22 de julio de 2016

Tú no cuidas mi cuerpo

Tú no cuidas mi cuerpo “por mi bien”.
Tú no cuidas mi aspecto porque te importa mi bienestar.
Tú no cuidas mi masa corporal para ayudarme.
Tampoco cuidas mi look pensando en mí.
Tú vigilas. Controlas. Sancionas. Censuras.
Mi salud no es relevante, ni mi valoración personal, ni mis deseos, ni mis experiencias.
Tú vigilas mi cuerpo para que éste sea aprobado por ti, solamente.
Tú controlas mi cuerpo pensando en lo incómoda que te resulto.
Y como tú no quieres incomodarte con mi cuerpo, lo sancionas.
Tú no quieres que irrumpa tus expectativas, así que optas por el reglamento y la censura.

Tú no cuidas mi cuerpo.

Si cuidaras mi cuerpo no me sexualizarías, ni esperarías que alcanzara una estética aceptable para otros y otras, ni me someterías al parámetro dominante de “la feminidad”.
Si cuidaras mi cuerpo no sería acosada.
Si cuidaras mi cuerpo no habría sido agredida sexualmente.
Si cuidaras mi cuerpo éste no sería tema de conversación, sino que sería libre y respetado.
Si cuidaras mi cuerpo impedirías que cualquiera quisiera transgredirlo en el discurso, en la opinión y en su materialidad.
Si cuidaras mi cuerpo no te sentirías con autoridad sobre él.

Así que tú no cuidas mi cuerpo, te cuidas a ti de él: de verlo, de pensarlo, de saberlo.
Y en ese cuidarte a ti de mi cuerpo, confundes amor con agresión.
Tú agredes mi cuerpo y ¿sabes qué? Mi cuerpo es fuerte, cierto, pero se duele. Porque tu vigilancia no cesa.
Mi cuerpo carga contigo, porque a mi cuerpo le dices todo el tiempo cuánto lo rechazas, cuán distinto tiene que ser, cuán incorrecto es, o -en tus palabras- cuánto podría mejorar.

Mi cuerpo es incorrecto porque luce y se usa de maneras no ortodoxas.
Y como mi cuerpo es público, lo violentas asumiendo te pertenece.
Pero mi cuerpo es mío. Dolido y flaco y gordo y moreno y peludo y tatuado y lesbiano y teñido y violentado y rechazado y observado… Mi cuerpo es mío. Y yo lo cuido de ti.

Podrás explicártelo de cualquier manera, pero lo sabemos bien: tú no cuidas mi cuerpo.

miércoles, 13 de julio de 2016

Trans-Formación


Hace algún tiempo atrás era yo una ignorante. No podría decir que he dejado de serlo por completo (¡tamaña soberbia!), pero sí puedo afirmar que ya no soy esa que optaba por situaciones (relaciones, personas, contextos, ambientes, consumos culturales…) con altos niveles de violencia. En ese momento no lo entendía así, en absoluto; de hecho, lo asumía como algo gracioso o como cosa a obedecer. Daré un ejemplo: caminar de la mano de un hombre e ir a su ritmo, no al mío: que me jalara para alcanzarlo, que me regañara si me atrasaba, y que me expresara con toda su gestualidad el fastidio que le causaba que mi calzado fuera inapropiado para la ciudad (tacones, en particular, que me encantan); sentirme merecedora de los maltratos por complicarle el recorrido, aceptar mi culpa en su malestar. Otro ejemplo con menor tono victimizante de esto de la ignorancia sería el celo, la envidia y las habladurías respecto a otras mujeres, el descrédito a ‘sus viditas’ y el regocijo en sus fracasos porque eso hacemos las mujeres, criticarnos. Y como un último ejemplo (aunque hay muchísimos más) mencionaré el consumo de productos mediatizados cosificadores de cuerpos: la sexualización de las tatuadas, y el sometimiento como un atributo erotizante.

Por mucho tiempo mi existencia normalizó la violencia tanto vivida como producida y dirigida, porque realmente no conocía otra forma de relacionarme o de consumir. La obviedad más grande de esta serie de normalizaciones es admitir la heterosexualidad como un destino, sin cuestionar sus asimetrías en cuanto a roles sociales/sexuales/domésticos de lo femenino-masculino, y creer que mi atracción lésbica tendría que ser solo cosa pasajera y fetichizada porque “lo normal” es lo otro, lo hetero. El amor no podría dibujarse en esa atracción mujer-mujer, porque el amor es sentimiento reservado para entregar a los hombres y a las familias por construir. Para la atracción mujer-mujer solo cabría el fetiche, la fugacidad y el silencio. Toda mi realidad estaba erigida en esos marcos, en el paradigma heteronormativo que de tan eficaz no dejaba margen para siquiera dudar de él.

Hace poco conversé con una mujer que —a menos de un día de conocerla— me narró su biografía. Ella es realmente sencilla y se describe incluso como una mujer de rancho: con una infancia rural en el sur de México, sin estudios, sin gran capital económico, con historias de abuso y huidas por preservar su vida (cruzó la frontera por el cerro, sin documentos y embarazada), y una pequeña estancia en la cárcel tras dispararle a su expareja cuando éste amenazó con quitarle a los hijos. Sus decisiones de vida (a sus escasos 44 años) han sido drásticas a partir de la violencia ejercida por los hombres que la han rodeado. Ella simplemente “no se deja de ellos”, y siempre ha cuestionado que quieran controlarla. Enérgica, la mujer asevera: “si dejar a un hombre que me maltrata y al tiempo salir con otro, me hace ‘puta’; pues prefiero ser puta a que me tengan golpeada y encerrada como una esclava”. Tal visión del mundo le ha hecho merecedora de insultos hasta de su propia familia porque (una vez más) eso no hacemos las mujeres, nosotras nos aguantamos. Conocerla me ha hecho asombrarme de la claridad con la que se ha conducido pese a que ello le haya causado gran sufrimiento. Conocerla me ha hecho revisar mi propia biografía y notar con qué tardanza he podido identificar las violencias (las recibidas y las emitidas). Sin embargo, es justo decir que me tranquiliza saberme ahora en otro lugar. Me he movido.

Reconocer las violencias recibidas de principio me derrumbó al punto de sentirme víctima, desprotegida por todxs (familiares, amistades, parejas sin duda), pero conforme he sido capaz de nombrar he podido transformar la autopercepción. Ni culpo a otrxs ni me castigo de ello, pues. On the other hand, reconocer las violencias emitidas solo me hace sentir muy avergonzada. Pienso que nada justifica la ruindad, aunque buscando ponerme racional solo atino a darle contexto a esas experiencias: la violencia era lo que conocía y, por lo tanto, lo que yo elegía ser. De ahí lo referido como ignorancia. Era una ignorante. Generalmente se trata de un binomio indisociable: ignorancia y violencia. Es por ignorancia que se “acepta” la violencia, por ignorancia se ejerce la violencia. Y la ignorancia de por sí ya es violencia…

Algunas personas que me conocen de hace años han hecho la observación de que soy “otra”, y que esa (esta) otra les gusta. Incluso un profesor de la maestría cuando egresé (hace un par de agostos) me contó como en chisme que una reportera (con quien yo solía trabajar) le comentó que he cambiado mucho, y el tono parecía un asombro con agrado. No sabría cómo se puede ver esto de “ser otra”, lo que sí sé es que me siento distinta: menos ignorante, más clara… No me siento precisamente “otra” sino “yo”. Cursi como suena: me siento yo, me siento correcta. Eso no significa que camino a la glorificación por tan bondadosa que me he vuelto. ¡Nah! Ni lo aguerrida ni lo intensa ni lo argumentativa ni lo azotada se va. Solo significa que poco a poco me despojo de esas ‘verdades’ respecto al deber ser y que he decidido empezar por las violencias, vergonzantes y nocivas.

Creo honestamente que podemos transformarnos, que la fijeza se nos presenta como régimen pero que nada es inamovible. Ni la sexualidad, ni el deseo. Durante la maestría bromeaba con un amigo (que ya falleció) respecto a que me anunciaría como misionera de la conversión, jugando precisamente sobre convertir al lesbianismo a algunas indecisas. Mi promiscuidad no llegó a tanto. Pero lo recuerdo ahora porque esta idea de la conversión (tan asociada a la religiosidad) me parece posible en todo aspecto de la vida. Sí podemos abandonar conductas y entender el mundo de otro modo, sí podemos cambiar la percepción de sí mismxs, sí podemos ser y estar distinto (distinto a lo que hemos sido, a lo que se nos ha asignado socialmente). Más allá del cliché de “perdónate y perdona a los demás” (que seguramente es importante), hablo —porque es mi experiencia— de una transformación de la subjetividad, ergo de las acciones y hasta del lenguaje; una transformación que con seriedad académica quizá haya que explicar con la episteme. Aún no lo entiendo del todo, como se podrá leer aquí. Lo único que entiendo es que me he movido y que cuando padecía vértigo mi cuerpo me hablaba de ello, del movimiento. Al final de cuentas nos formamos transversalmente, pues atravesadas y atravesados estamos por todo al mismo tiempo (materialidad, espiritualidad, sentires…); me parece ingenuo creer —a cualquier edad— haber entendido que el sentido de la vida es uno solo.

Diré que lo único insensato en esto de la conversión sería volver atrás. Pues (citando otras cavilaciones personales, disculpen la falta de originalidad o el exceso de autoplagio) si bien podemos desaprender —y desprender/nos—, lo que no podemos es des-saber.

martes, 28 de junio de 2016

Tijuana

Cuando las ciudades crecen tienden a encarecerse, pues la cercanía a espacios comerciales y zonas residenciales “seguras” otorga plusvalía a colonias que en otros tiempos se consideraban “de la periferia”. De esta manera, Tijuana tiene nuevas zonas cool desde hace algunos años, no muchos. Por ejemplo, la casa que comparto con mi novia ha quedado en medio de parques gastronómicos gourmet, fraccionamientos nice amurallados, escuelas privadas de alta cocina, hospitales nuevecitos con especialidades en neurología, centros oncológicos infantiles, recorridos ciclistas vespertinos, plazas comerciales, escuelas de danza, una iglesia mormona cual palacio de inmaculada blancura, bulevares inteligentes con carriles europerizados y un conservatorio de música de cámara. La vista desde el patio de la casa da al Cerro Colorado, emblema natural seguramente romatizado por algún corrido (de momento no sabría cuál) que asimismo es escenario de intervención para mensajes subversivos (“NO EPN” decía con piedras blancas alineadas por allá del 2012, “43” exhibió en 2014 con la desaparición de los normalistas en Ayotzinapa) y escenario también de nocturnas caminatas hípster hacia la cima que a la distancia nos han hecho imaginar peregrinajes de ritualidades oscuras en busca de centros energéticos para practicar maleficios. Zona Este le llaman quienes no trasgreden los (cada vez más) tradicionales territorios permitidos: Zona Río, Centro, Playas, Garita hacia San Ysidro, Colonia Aguacaliente y aledañas. Y sí es la Zona Este, pero llamarle así es tan ambiguo como zonificar cualquier parte del mundo, como considerar desde Baja California que después de Sonora el resto del país es “el sur” o que desde México se agrupen en la noción “Centroamérica” o “Sudamérica” realidades profundamente distintas (distintas e incluso opuestas en más de un sentido: cultural, social, político, lingüístico, histórico, urbanístico… estructural).

Aunque no transgredamos ciertos límites autoimpuestos (por los imaginarios urbanos o quéséyo) en Tijuana ocurre de todo, y sé que decirlo así resulta igualmente ambiguo así que me permitiré ejemplificar algunas de las dinámicas que puedo identificar por el testimonio no solicitado de veinteañerxs a quienes he conocido en la universidad donde por dos años he dado clases (universidad cuyo plantel, cabe decirlo, se ubica en el límite municipal entre Tijuana y Tecate, en la zona más Este de la Zona Este). Superado el horror gestado en tiempos como 2008 y 2009 de ráfagas sanguinarias, levantones en marisquerías, convoys de la muerte y humildes pozoleros diluyendo cadáveres en ácido por doscientos pesos; la ciudad no pierde la oportunidad de socializar mediante la fiesta y ha sofisticado la manera de enfiestarnos. Una de estas nuevas maneras (que sin duda la calificación de novedad podrá ser refutada por quienes tengan mayor experiencia en el ámbito) es la de organizar fiestas entre ‘extraños’ en casas de colonias casi inaccesibles (por el trazado urbano o suburbano o cuasiurbano) donde la convocatoria se dirige a aquellos y aquellas de “mente abierta”, a gente open minded -con el perdón del anacronismo-, a lxs experimentales, y hasta swingers. No son fiestas obligadamente sexuales ni atascadas en drogas o alcohol (de hecho, al anfitrión -siempre vato- no le gusta lidiar “con borrachos”), son fiestas para conocerse y compartir ya cada quién establecerá qué, cómo y cuántas veces. Hay un cover de ingreso, pero solo para hombres; las mujeres entran gratis pues, aunque no se enuncie como tal, se espera que sean parte de los amenities.

En las ciudades ocurren al mismo tiempo muchas otras ciudades, lo sabemos, de manera que mientras la visión empresarial y de la administración pública se debate en embellecer los bulevares con letreros de civilidad urbana (anti-conducir-en-ebriedad, pro-ceda-el-paso-al-peatón-y-respete-al-ciclista) y camelloncitos arbolados; la cotidianidad de muchas personas que habitan las colonias no significativas para dichas visiones se debate en cuestiones menos cosméticas y más básicas (hasta vitales) de movilidad. Y tener problemas para desplazarnos de un punto a otro de la ciudad nos merma en lo laboral, lo estudiantil, lo amoroso. Debido a esto, junto a la universidad que se ubica en la zona más Este de la Zona Este se encuentra un desarrollo habitacional (o alguna primera etapa de este proyecto anunciado como “sustentable”) en donde muchxs alumnxs rentan -pero habitan de lunes a viernes- justo para resolver la deuda municipal del transporte hacia aquella zona. Pero no imaginemos fraternidades de universitarios como podría pintarlas el cine pop, sino que son condiciones mayormente precarias las que ahí convergen. Ello permite, sin embargo, la conformación de una comunidad en su sentido antropológico: hay empatía, redes de intercambio (simbólico, material, emocional), conocimiento y reconocimiento de lxs integrantes, complicidades.

En Tijuana coexisten todos los tiempos, todas las vanguardias y todos los conservadurismos. Mujeres de cualquier condición social que cruzan hacia Estados Unidos para parir y regresarse con crías binacionales; shows travestis que sin menospreciar a las Lupitas D’Alessios, las Glorias Trevis y las Madonas interpretan-encarnan-acuerpan a Adele, Amy Winehouse y Marilyn Manson; renta de vestidos de alta costura para acudir todas nosotras a todas las bodas y todas las graduaciones de todas nuestras familias; marchas ciudadanas en contra de la reforma educativa o en contra de la represión hacia quienes se manifiestan en contra de la reforma educativa o en contra de ambas cosas; reuniones rotarianas-religiosas para regular el matrimonio y el aborto; ginecólogas que -sin eludir la dimensión económica pero centradas en los derechos humanos- practican abortos; artistas del arte contemporáneo que recorren y regresan de Asia cual embajadores de un país pequeñito llamado TijuanaSanDiego; chamanismos-neochamanismos-charlatanerías-y-santerías; cuencas lecheras Jersey; relaciones poliamorosas de la primera, la segunda y la tercera edad; pasión por el futbol; repudio por el futbol; deportación e indigencia subterránea; edificios inteligentes; cuartos oscuros; promesas de rutas troncales que parecen materializarse; enfermos terminales en humanitarios recintos cristianos, abandonados por sus familiares; galerías no institucionalizadas; mezcales afrutados; Javier Bátiz al aire libre; desfiles del orgullo gay como auténticos carnavales; solemnes conferencias académicas con livestreaming; mucha (MUCHA) cerveza artesanal; las cuatro estaciones del año cada día; tatuajes a 13 dólares todo viernes trece; bares en el último piso de un viejo estacionamiento; celebridades del noticiero local.

La ciudad es inabarcable en la experiencia; por ello sucede que -a veces- en la narración ajena nos resulta desconocida, (incluso) vulnerada. Hacemos listados en prosa de aquello que la mirada y el testimonio recuperan de los lugares, pero tendríamos que vivir en esos cuerpos, tener esas vivencias, para acordar en los sentidos, acaso entenderlos. Será siempre legítimo el celo de quien no quiere le expliquen su ciudad. Porque nunca es la misma. Porque no es una sola. Como legítimo es el temor a salir de nuestros espacios conocidos. Como legítimo es comparar Tijuana con los otros lugares de origen. Como legítimo es huir de ella o comprar un terreno. Legítimos el desprecio y la fascinación y todo sentimiento que se ubique en medio. Quizá solo cuestionaría la voluntad de miopía frente a la multiplicidad de ciudades-realidades-experiencias, esa imposición discursiva de una Tijuana absoluta que algunxs pronuncian orgullosxs desde posiciones de poder negando (en busca de anular) a las otras Tijuanas.

Aunque con rasgos que vislumbren cierta permanencia, nada fijo puede haber en las ciudades: ni el tiempo ni los significados se detienen.

miércoles, 1 de junio de 2016

Drained brain

Escrito el 20 de abril de 2016.

So this is gonna be a challenge. Not only because I’m gonna try to think and write in another language but because what I’m about to tell is difficult to me to even pronounce it. I’ll start by saying that this is the first day since the incident that I listen to music, and to be honest I find it very helpful, kind of therapeutic. I am amazed of how much can we change in so little time. But mostly I am amazed and disappointed of how easily can a person be manipulated, at the point of stop being themselves. Saying that, I’ll confess that I am no longer myself, the fear has taken every part of me letting me empty of what I used to be. I no longer dance nor sing. I don’t wanna go out my house and when I have to do it, I become a total paranoid: my heart pounds very fast and the anxiety takes over me. I look over my shoulder and ask constantly why people stares at me. What do they know? Are they watching me? But I think this is normal under the circumstances, I guess this is what happens when you have been threaten to be skinned off, to be sexually abused by ten guys, to be beheaded. And even in that scenario, I feel very disappointed of me. Because I believed everything that this men were saying to me by the phone. That's right: BY THE PHONE. I let them control me for almost twenty hours, twenty hours of torture, psychological and (obviously) emotional torture, while I did not eat, I did not sleep, I did not drink water, I did not think. I was not me (I still am not). Now I am a very frightened person (maybe I already was before that, and that's why I was an easy target). And, besides crying all day, the only thing I do now is go back to every minute of that twenty hours of surrealness. And punish myself for being so stupid. I listen to their voices repeating me awful things, talking about my body and my tattoos and my genitals. Talking about my family, about my brother particularly and how they'd kill him. I was not me. 'Cause I believe (at least before that terrible episode) that I can distinguish what's real from what isn't. But I didn’t. So that's why I feel so guilty: because going directly into that trap just confirm that I am not as smart as I thought I was. That I am stupid and weak and a coward. That I believe every fictional thing that comes in front of me. That fear is the only legit feeling on which we can count on. Not love, or compassion, or hope, or peacefulness. Fear. Because this is the reality we live on: a world of threats, harassment, intimidation, violence, captivity. A world where if somebody tells you that is gonna tear-off your tattoos from your body, you must believe it. I don't only feel fear and guilt, I feel very responsible of the concerns and anguish I caused to the ones I love. And I feel ashamed. Because now they know how incredibly stupid I am. Now we all know I am a fraud. A child who needs to be taking care. Not a woman. Not an adult. A child, and a very stupid one. The music keeps playing. I write this while I look through the window time to time, just to check no one is coming. Because my stupidity is so big that even knowing that event was not quite real I still believe I am in danger. So when I say that I am not me anymore, I am really saying that maybe this is the real me. My brain drained everything I thought was, and the only thing that has let me in is this sense of emptiness. This is what happens when you are forced to abandon yourself and say goodbye to everything you knew. The fiction becomes real because the feeling that it produce is real. So you start knowing yourself, questioning unstoppably what is real, because the only certainty you have is that you were not.

miércoles, 6 de abril de 2016

Procrastineishon

El asunto con trabajar en casa es que cuando transitas del estudio al baño y observas una pelusa en el piso, optas por dirigirte al patio para agarrar la escoba, pero al pasar por la cocina opinas que no estaría mal prepararte otra taza de café aunque -considerando que ya sería la segunda del día- tendría que estar acompañada por un huevito revuelto con jamón, por lo que abres el refrigerador solo para descubrir que se acabaron los huevos, de manera que la opción más óptima sería ir a la tienda que se encuentra a una cuadra, para lo cual tienes que quitarte las pijamas y ponerte mínimo unos shorts con camiseta y tennis, así que una vez en la recámara te reprochas no haber extendido las cobijas, por lo que te pones a hacerlo dado que no te quitará mucho tiempo, cuando de pronto hallas entre el cobijero el calcetín que tenías perdido, así que acudes al cajón de los calcetines para volver a organizarlos, no sin antes pasar por el espejo y recordar que no te has depilado el bigote y pues ya que estás en casa convendría hacerlo... Al final no te explicas cómo es que no has acabado el trabajo, la pelusa sigue en el piso, no desayunaste, andas en pijamas con calcetines disparejos, y tienes el rostro libre de vello facial indeseable para cumplir con tu papel social de mujer moderna aunque no vayas a salir a ningún lado.

jueves, 7 de enero de 2016

De las comidas maternas

Cuando me mudé a Tijuana por motivos de estudios universitarios, la casa de mi hermano (mayor) y su familia se convirtió en mi casa. A mis 19 años, la mudanza significó la salida definitiva del hogar materno pues aunque no fuera ese el planteamiento inicial resultó que culminando la licenciatura me quedé a vivir en la frontera (la cual todavía no he sido capaz de cruzar). Como toda hija de mami, lo primero que extrañé fue la comida. Mi alimentación en esos primeros meses estaba a cargo de la entonces esposa de mi hermano y de los expedidores de comida chatarra; también de la cafetería del campus. Pero nada se comparaba con los guisos y sazón de mi madre, a quien veía cada fin de semana. De sus platillos estrella (cuya estelaridad prevalece a la fecha) encabeza la lista el caldo de albóndigas, una delicia sinigual (tan sinigual que un primo -menor que yo- cada cumpleaños pedía mi madre le preparara el susodicho manjar otorgándole una condición de comidas festivas); también el bistec ranchero, pastas (rojas, blancas, amarillas), caldo de res, cremas de verduras varias, pozole… Supongo que cuando se tiene la dicha de tener madre, esto de las comidas maternas forman siempre un lazo fundamental en nuestro desarrollo, dada la conexión amorosa que trasciende los placeres gustativos, aromáticos, digestivos, estéticos, en tejidos afectivos que la memoria guarda como parámetro para distinguir lo verdadero de lo postizo, lo profundo de lo superficial, lo familiar de lo ajeno. De ahí la dificultad de adaptarnos a comidas otras. Al inicio de la carrera entablé amistad con la única chica que me pareció lo suficientemente irreverente, vaga y nocturna como para intercambiar y construir experiencias. La única que pude percibir como auténtica y unpretentious. Su domicilio y el de mi hermano no eran tan distantes así que tanto para desaburrirme como para imprimir trabajos escolares (es en serio), un día fui a su casa. Convenientemente llegué a la hora de la comida y cortés como siempre he sido (eufemismo para gorrona) acepté sentarme en su comedor. La mamá de mi amiga, con todas las atenciones posibles de quien se ha dedicado a ser cordial, me sirvió un bistec ranchero con papas acompañado por una ensalada de nopales, tortillas de maíz y lo de la bebedera la verdad no recuerdo. Cerveza tal vez. Comí, disfruté y viajé al no tan lejano sabor materno de mi propia mater. Era justo el sabor de la confianza, el sabor generador de seguridad, el constructor de identidad, el que abraza, el que huele a tequieros, el que conforta, el que susurra un ‘siempre estaré a tu lado’. Esa tarde hablé por teléfono a mi madre (de teléfono fijo a teléfono fijo, nada de celulares) para contarle que tenía una amiga cuya madre cocinaba como ella, y mi siempre prudente progenitora lejos de sentir su afectividad gastronómica amenazada le reconfortó encontrara amistades que me compartieran el amor de familia con el que han crecido. Muchas más veces visité a mi amiga a su casa: más allá de la gentileza de atender a la visita por ‘educación’ siempre me sentí bien recibida, una interacción genuina y desenfadada. Al año siguiente de que ingresamos a la universidad, la señora (Martha es su nombre) enfermó y falleció, lo que alteró totalmente la vida de mi amiga, quien como hija mayor asumió el rol cuidador hacia dos hermanos que dada su situación de menores de edad quedaron huérfanos de madre. Acudí al funeral con otra compañera de estudios y de vagancia, solo para atestiguar una de las escenas más tristes y bizarras que hasta la fecha había presenciado: mi amiga, como dopada (en un estado de irrealidad pero sin performance), me invitó a ver a su madre en el ataúd. Rechacé el ofrecimiento quedándome en la parte trasera de la sala funeraria. Cuando le conté a mi mamá lo sucedido solo atinó a decirme “qué caray”. La historia de mi amiga a partir de ese momento se plagó de varias otras tragedias que van desde vacíos afectivos y abandonos familiares hasta precariedades económicas muy cercanas a la pobreza extrema y crisis depresivas tendientes a la renuncia total. Sin embargo siempre caminó, un tanto como El Deber de quien es responsable, un tanto como impulso irracional, un tanto como eludiendo la parálisis privilegio de egoístas. Son ya 17 años los que tengo fuera de la casa materna… pero tengo madre, una a quien puedo visitar cuando guste y de quien puedo disfrutar sus comidas. Mi amiga, en cambio, quedó vacía de dicho lazo… a menos que las comidas de mi madre e incluso las propias (las de ella o las mías) le transporten aunque sea por breves lapsos a las sazones de Martha. El 6 de enero es su natalicio, la señora tendría un año menos que mi madre. Adoptaré el tono de religiosa madura para decir que “solo Dios sabe” cómo hubiera tomado la noticia de que su hija y yo somos ahora cónyuges. Intuyo que acaso como mi madre: con mucho desconcierto y algo de censura al principio, como mucho amor y total respeto para este presente. Y llenándome de vanidad, pienso que Martha me seguiría apreciando como nuera (¿o yerna?) y que yo seguiría sentándome en su mesa para comer al borde del eructo. Pienso además que beberíamos sendas caguamas (es que la fama nos precede, no pretendo ser grosera). But I guess we’ll never know. En su memoria y en agradecimiento he de cerrar diciendo “rest in peace, suegra”. Y agregaré un singular y [según me cuentan] coherente: “¡salud!”.

sábado, 2 de enero de 2016

Pues así bien original: recuento 2015

Sigo convencida de que cada día es año nuevo solo porque cada día es irrepetible. No habrá otro dos de enero, por ejemplo, sino hasta el siguiente año (aun así es poco probable que sea igual a éste). Pero entiendo el simbolismo de cambiar de número a las fechas cada 365 días y recapitular lo que ocurrió en ese lapso temporal. Habiendo dicho lo anterior, comparto que mi 2015 fue trágico. Ocurrieron un montón de eventos que si bien en apariencia no tenían que ver conmigo, estaban (y siguen estando) estrechamente vinculados a mí pues afectan (en el sentido más emotivo: los afectos) mi vida. Uno de ellos (el principal, acaso) es que la hermana de mi novia abandonó a sus nenes (en medio de una serie de patologías que van de la dramaturgia a la mitomanía), lo que “obligó” a que mi novia encausara sus energías al cuidado de dos preescolares. Su discurso -el de mi novia- es amoroso, es decir: se desvive por ese par de menores porque los ama y no quiere que sufran, algo que nadie sería capaz de cuestionar; lo conflictivo es que en esa entrega (amorosa y desinteresada, profundamente honesta) ha caminado hacia resolverle la maternidad-paternidad a dos adultos: la hermana en fuga y el padre de los niños. Particularmente al padre porque es él con quien se supone dejaron a los pequeños. Y en ese caos solo observo cómo abusan de mi novia, en el marco de que jamás habrá cosa alguna que le pidan en nombre de sus sobrinos que ella sea capaz de rechazar. Es complicado porque ello deriva en que mi novia está agotada y está sola en esa tarea, pues frente al asunto yo no participo dado que (me llaman egoísta) de hacerlo seguro ya habrían mudado los niños a nuestra casa y le cocinaríamos al huevón de su padre. Exagero. O tal vez no. Ante semejante lío se me ha exigido (moral-socialmente) desempeñar el rol de la novia comprensiva y además agradecer la bendición del regalo de la niñez en nuestras vidas porque como lesbianas solo podemos aspirar a criar hijos putativos. En tanto yo reafirmo que si en 22 años de capacidad reproductiva no he tenido hijos es porque de verdad no ha sido un proyecto que me atraiga. La cosa es esa: se le impone a mi novia una maternidad casi inexorable (como su moral obligación) y de paso se me impone a mí una especie de paternidad-maternidad-conyugalidad con críos que no planeamos. Obviamente (insisto) mi participación es casi nula, pero estoy consciente de la mirada social que sanciona mis obligaciones frente a la tragedia. Lo mínimo que debería yo hacer es no agobiarla (a.k.a.: no opinar). Pero hay algo sumamente absurdo y hasta injusto que no puedo ignorar: se actúa como si los pequeños no tuvieran a nadie más que a su tía cuando en realidad ¡no son huérfanos! Es cierto: con la madre ya nadie cuenta, pero ¿y el padre? Conozco cantidad de historias de padres “solteros” que logran ser eso: padres. Me pregunto entonces: ¿por qué vemos menos terrible que el padre sea el ausente y enarbolamos la idea (patriarcal, claro) de la “madre soltera”? ¿por qué normalizamos que la crianza de los menores sea por la madre asumiendo que es su deber y que puede hacerlo sola? ¿por qué inutilizamos a los padres frente al abandono de la esposa? ¿por qué reproducimos la idea de que somos las mujeres las que debemos cuidar, consentir, bañar, lavar, cocinar… para los hijos? ¿por qué buscamos no alterarle la vida a los hombres? ¿es para que puedan seguir desempeñando el rol de proveedores y nunca sean cuidadores? Todo ello ha sido muy cansado para mí con todo y mi distancia. No imagino lo cansado que es para mi novia. Bueno, sí lo imagino porque lo veo, lo vivo a su lado: de esa dinámica, con los sobrinos como prioridad que nunca he de cuestionar, ya son once meses.

Creo que estoy por usar la palabra más cliché de estas recapitulaciones y no voy a detenerme: ha sido un RETO. Toda esa historia nos ha confrontado a cantidad de discusiones que asimismo han reconfigurado nuestra forma de relacionarnos. Dialogamos más este año que el anterior, pero también nos gritamos más. Momentos muy dolorosos en el ámbito del desencuentro parejil. La verdad. Pero al menos tratamos de ubicar el origen de tales desencuentros y resulta que (en efecto) en su mayoría es la dinámica familiar impuesta (por el contexto, o por la gente, o por el amor, o por el Universo… pero impuesta). La honestidad, me parece, es la que nos salva. Y, claro (siguiente cliché): el amor. El amor nos salva de nosotras mismas. Ahora mismo remodelamos partes de la casa porque pues el proyecto (cuando es de las dos) tiene miras al futuro. Como dice mi hermano: futureamos. Y construir es avanzar. Nunca antes tuve estos deseos.

Profesionalmente me dediqué a la docencia: impartí más asignaturas en la etapa terminal (me suena terrible esa categoría para los semestres finales) de la licenciatura en Diseño Gráfico de la universidad autónoma. Con Comunicación como licenciatura y Estudios Culturales como maestría, les resulto adecuada a lxs coordinadorxs para las clases meramente teóricas, aunque a lxs estudiantes les parece muchas veces que se trata de materias sinsentido. Mi estrategia ha sido desestabilizar. Y no es que me lo piense demasiado, sino que recurro a ello para poder conducirlxs al ámbito que domino y así vincular los contenidos requeridos para su formación profesional con mis posibilidades teóricas. Entonces lo que he hecho es leer sobre estudios de la visualidad, y conectar dichas perspectivas con el trabajo de comunicación visual al que está obligado todo diseñador gráfico. Una de las asignaturas más gratificantes fue Metodología del Diseño (para noveno semestre) donde como producto final individual lxs alumnxs presentaron campañas con temática social (elegida por ellos mismos, previa documentación). Mi lógica fue: el diseño también está en el sector público, en el activismo, en las organizaciones civiles, en la política (partidista o no)… no solo en los rubros comercial, corporativo, empresarial. Así que después de una sesión donde situamos cuáles son los problemas que tiene el mundo (sesión que denominamos Depresión I), lxs estudiantes decidieron desarrollar temas para informar y concientizar sobre: el maltrato animal, la homofobia, transfobia, discriminación en la educación (acceso diferenciado a la educación por condición de clase social), bullying escolar, extinción de la abeja, respeto a los estacionamientos especiales, cosificación del cuerpo femenino a través de la publicidad, maltrato a adultos mayores, sobredependencia tecnológica, autismo, ciberfeminismo… Honestamente: proyectos muy buenos, pues a ese nivel de la carrera son ellos los expertos en explicarlos en términos de medios, canales, temporalidad, sector o público, recursos, composición, colores, impacto. La cosa era sacarlos de la idea pop del diseño gráfico como ornamento [o arma ] de persuasión del dark side (a.k.a.: capitalismo). Si saliendo de la carrera ellxs entran a trabajar a la Coca-Cola, o a la Apple, o a la Nike pues qué bien, supongo. Pero es importante no perder de vista que en la salud pública, en las instituciones educativas, en las dependencias culturales, en Green Peace, Amnistía Internacional, Reporteros Sin Fronteras, Occupy, Los queremos vivos, Ni una más… también se hace diseño gráfico. Seré cursi pero aprendí mucho de ellxs.

Entre las nuevas asignaturas y la emocionalidad en vaivén, no logré organizarme para publicar artículos académicos, como hube planeado en enero pasado. Es decir, puse en pausa esa actividad y no envié textos a evaluación ni sometí mi tesis a concurso ni nada de eso. Me lo explico con lo anterior (la vida personal, la vida laboral), pero creo que además actúa en mi voluntad una suerte de desapego necesario del ritmo exhaustivo de la maestría, unas ganas de distanciarme de ello y ser [más] superficial: salir a cenar, pasear en mi carro, visitar a mi familia, ir al cine (acompañada o sola), beber, bailar, cantar, dormir 14 horas, engordar, comprarme ropa, ver reality shows… No me enorgullezco precisamente; solo lo enlisto porque (lejos de quererme azotar por lo exigente de la vida o -simplemente-  hacerme mensa) sé bien en qué desperdicié mi tiempo, sé bien por qué no pude organizarme. Este enero es diferente porque impediré llegue el sabotaje a la vida responsable de posgradada (o como se diga). En otras palabras: me siento lista y quiero [QUIERO] publicar, aprender, leer, escribir, dialogar, debatir, ponenciar. Mi voluntad está puesta en ello y, a un año casi inamovible en dicho sentido, lo siento ahora como una necesidad. Las prestaciones laborales más las “ventajas” crediticias (¿cómo escapar al modelo? Me es difícil con estas aspiraciones) me permitirán adquirir una laptop nueva que le irá muy bien al bolso-maletín fashionista que me regaló mi novia en navidad, laptop en la cual se escribirá un nuevo capítulo de vida académica. Ese es mi gran entusiasmo de año nuevo.

Solo para cerrar la recapitulación del 2015: inicié este ‘recuento’ con la sentencia de que el año me fue trágico. Y mi empleo de palabras siempre ha buscado ser preciso: en el rigor operístico la tragedia implica muerte. Pues bien, hace menos de un mes falleció mi abuela, mi única abuela para ese tiempo, mi agüe. Tenía 90 años. Y sin importar su edad y lo asumida que se tiene la muerte para la abuelez, siempre me causará tristeza pensar en no volverla a abrazar. Y me causará tristeza la tristeza de sus hijos (mi madre y mis tíxs). Estos días, me enteré también de dos tragedias más, de conocidos veinteañeros cuya juventud hace aún menos comprensible su partida. Fue un diciembre enlutado.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Amy y yo

No imagino una vida sin el privilegio de la audición, sobre todo frente a la maravilla de sentir-vivir-revivir-recordar a través de las músicas. De ahí que me compadezca (y es terrible decirlo) de los sordos o débiles auditivos. Voces e instrumentos ensamblados en afectos. ¡Cómo prescindir de ello!. Fui a ver la película de Amy consciente de que se trataría de un estrujamiento emocional, no solo porque ya sabía en qué termina la historia sino porque la relación que me permití establecer con su música y por lo tanto con ella (así me lo he creído) llegó a niveles tales de intimidad que anticipaba una inevitabilidad introspectiva ultrapersonal. El documental abarca del 2003 al 2011, año en que su corazón dejó de latir. Ese recorte en el tiempo en mi biografía es, asimismo, azotado-intoxicado-autodestructivo-moribundo-famélico-celoso-tatuado-violento-excedido-aturdido-doliente-fragmentado… Y no por Amy (mis tiempos de imitación artistoide se quedaron en el grunge noventero) sino porque me construí un modo de vida altamente nocivo, cuyos motivos identifico solo a veces y con torpeza. Veía la película y no podía dejar de relacionar los tiempos y su dolor con mis tiempos y mis dolencias. Veía esos trozos de su historia conectando perfectamente mis sentires de aquel momento con las ganas de desaparecer, con las letras promiscuas e hirientes, con los ritmos hondos, pausados y suicidas; con la voz profunda pidiendo un auxilio ahogado por el virtuosismo jazzístico; con la muerte lenta como espectáculo. Cuando Amy murió lloré mi propia muerte. Sé que suena exagerado y tremendamente fanático, pero enluté por ambas. En su muerte pude ver mi cadáver: mujer con la piel pegada al hueso y la toxicidad en todo su sistema. En ese 2011 sabía bien que ya no quería esa vida de incertidumbres, miedos y placeres efímeros como placebo cotidiano. Sabía bien que ya no deseaba llorar por nadie en el piso de la cocina, ni que mis lágrimas secaran por sí mismas, ni que la sangre en las paredes me recordaran a “un amor”. I didn't wanted to die a hundred more times, ni gritarle a nadie you should be stronger than me. Ya no quería herir. Ni estar sola rodeada de gente, vacía de mí. Lo sabía tanto como cualquiera que lo padece, sin tener idea de cómo sanar. Al final sentí alivio por ésta que soy (¿que qué hice para salir de aquella? Ocurrió el clásico ‘tocar fondo’ y frente a un sentimiento muy oscuro, renací. Cursi como suena. Abandoné un montón de gente y un montón de prácticas… que todavía me acosan en sueños). And I found the friend I needed. Or the friend found me. Son logros pequeños pero enormes los acumulados de esas fechas a la actual. Pequeñas grandes transformaciones que me alejan de la timidez y la vergüenza. Es decir: abrazo cada aspecto en mi biografía pues me enorgullece que en ella pueda narrar trayectoria y no inamovilidad. I became my own rehab, don’t exactly know how. Descansen en paz aquellas que fuimos. El maquillaje teatral es cosa aparte.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Los olvidos


La coordinación de la carrera de Diseño Gráfico tuvo a bien considerarme para cubrir el permiso por incapacidad (embarazo es el caso concreto… es que eso de incapacidad suena feo) de una profesora que imparte en tercer semestre la materia Historia del Arte, un ámbito del que poco conozco más allá de algunas generalizaciones que como tales están plagadas de clichés. Me hallé pues en tremendo dilema con eso de entrarle a temas como el Renacimiento y el Rococó y todos esos asuntos importantes para el llamado arte universal (asuntos en los cuales, dadas mis propias –le llamaré elegantemente– estrategias didácticas, hube postergado). Para acolchonar las primeras sesiones, apliqué el famoso paquidermismo (el arte de conducir todo tema, por más ajeno que te sea, a tu terreno conocido) y empecé las sesiones con dos tópicos que me parecieron relevantes siguiendo esta lógica: si la asignatura se llama Historia del Arte, convendría desentrañar los componentes de esa oración preguntándonos ¿qué es Arte? y ¿qué es Historia? Eso me daría tiempo para enterarme por mi cuenta de qué es eso de la Edad Media y el Gótico y el Barroco y… y poder transmitirlo. O intentar transmitirlo. Para el apartado del Arte discutimos en una intensa pero ordenada sesión sobre las diferencias entre arte y artesanía, donde se despertaron las pasiones por (por un lado) la defensa del arte libre (el que subvierte, el que sublima, el que rompe cánones) y el arte institucionalizado (el que debe conocer lineamientos, el que respeta el orden, el que educa a los ignorantes, el que se capitaliza). Eso nos situó (a todus, incluyéndome claro) en las subjetividades en torno a la producción artística pero nos generó dudas respecto a la técnica. ¿Trascienden los que trascienden por sus redes y capital social o realmente son maestros innovadores que –sean rebeldes, sean alineados– capturan, presentan y representan la multidimensionalidad de la existencia en una materialidad plástica-lírica-musical con capacidad de ser abstraída? Pensé en Bourdieu y sus debates sociológicos sobre quién crea a los creadores y sobre el sentido social del gusto (buen gusto, gusto popular). Pero me dije basta de paquidermear. Y pasamos entonces (en sesión siguiente) al tema de la Historia. Nuestro punto de partida fue preguntarnos ¿qué es un hecho histórico?, con la idea de cuestionar (siempre cuestionar) aquello que se nos presenta como verdadero y trascendental. ¿Quién entra en la Historia? ¿Quiénes quedan fuera?. Sin cruzarlo aún con la cuestión artística, nos abocamos a analizar el trabajo del historiador y [lo expreso con entera honestidad] el nivel de argumentación lo encontré muy satisfactorio pues para que ello ocurriera antes los alumnos hubieron indagado sobre algunas características y definiciones. O sea: llegaron preparados para el tema anunciado. Situamos al historiador, para empezar, como un individuo que selecciona (y por ende discrimina), ordena, analiza, interpreta y presenta información, datos, construyendo así (en su ejercicio) hechos que hemos de clasificar como históricos; y ejemplificamos esto de la interpretación (sin demasiada hermenéutica) con la historia de México, la heroica y la vergonzante. Se me ocurrió (es decir: lo llevaba totalmente calculado, ajá) pedirles una tarea donde ellxs ejemplificaran los ejes concretos en los que se “manifiesta” la Historia: memoria (colectiva), identidad, patrimonio, imaginarios y [aquí es donde deslizo la subversión] los olvidos. Y el resultado (para la sesión siguiente) fue aún más político (en su sentido amplio) de lo que esperaba. Según sus indagaciones, tenemos entre nuestros olvidos momentos tanto de la historia pasada como de la contemporánea: olvidamos a la campaña anti-china [racista y de exterminio] impulsada por el gobierno mexicano a principios del siglo pasado, a la Primera Guerra Mundial (donde no sabemos quién peleó con/contra quién), a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa (porque el control mediático juega un papel central), al ‘Halconazo’ (la otra masacre a estudiantes, la del ’71), a Luis Donaldo Colosio Murrieta (una historia, además, tan cercana en tiempo-espacio). Coherentes sus ejemplos con su edad, coherentes con los mecanismos y dispositivos dominantes (donde unos pocos poseen/controlan los medios de producción de sentido, de verdades, de memorias). Con decir que ¡muchos no saben del EZLN! Pero sería insensato quererlo explicar con una enajenación o ausencia de pensamiento colectivo dada su juventud, sin ampliar la mirada y reconocer el triunfo de un sistema cuya estructura está diseñada para –eficazmente– olvidar, desarticular, desmovilizar, individualizar… y para (con ello) conservar las asimetrías, ergo los privilegios. Era un reto, claro, ubicar los olvidos pues justo “los datos se encuentran dentro de límites controlables”, como les expuse citando a Carr. Esta semana, después de tanto surfeo académico por mi parte, ya no pude evadir los contenidos temáticos de la asignatura y vimos [por fin, tras sacar unas biblias de la biblioteca] el arte en la Edad Media, el Renacimiento, Manierismo, Barroco, Neoclásico y Rococó, donde [obviamente] me di vuelo con el teocentrismo de las primeras corrientes y la aristocracia de las últimas, con la intención de fomentar el pensamiento crítico porque (tan romántico o ingenuo como suene) creo que a eso se debe abocar la universidad y todo espacio educativo. Pero también solicité diseñaran un menú con los elementos (texturas, composición, temáticas, colores…) representativos del rococó francés, porque [bueno] no sólo serán diseñadores gráficos sino que el sistema educativo exige vincular todo conocimiento a lo productivo. You know: el siempre clásico enfoque utilitario del modelo captalista. Ya  valoraré en esta semana su comprensión esteta... o algo así. Lo otro, lo contextualpolíticocríticoreflexivo que acompaña cada corriente, no lo puedo valorar numéricamente. Solo puedo decir que esta clase y esxs alumnxs crecen en el apartado combativo que guarda mi corazón.