viernes, 22 de julio de 2016

Tú no cuidas mi cuerpo

Tú no cuidas mi cuerpo “por mi bien”.
Tú no cuidas mi aspecto porque te importa mi bienestar.
Tú no cuidas mi masa corporal para ayudarme.
Tampoco cuidas mi look pensando en mí.
Tú vigilas. Controlas. Sancionas. Censuras.
Mi salud no es relevante, ni mi valoración personal, ni mis deseos, ni mis experiencias.
Tú vigilas mi cuerpo para que éste sea aprobado por ti, solamente.
Tú controlas mi cuerpo pensando en lo incómoda que te resulto.
Y como tú no quieres incomodarte con mi cuerpo, lo sancionas.
Tú no quieres que irrumpa tus expectativas, así que optas por el reglamento y la censura.

Tú no cuidas mi cuerpo.

Si cuidaras mi cuerpo no me sexualizarías, ni esperarías que alcanzara una estética aceptable para otros y otras, ni me someterías al parámetro dominante de “la feminidad”.
Si cuidaras mi cuerpo no sería acosada.
Si cuidaras mi cuerpo no habría sido agredida sexualmente.
Si cuidaras mi cuerpo éste no sería tema de conversación, sino que sería libre y respetado.
Si cuidaras mi cuerpo impedirías que cualquiera quisiera transgredirlo en el discurso, en la opinión y en su materialidad.
Si cuidaras mi cuerpo no te sentirías con autoridad sobre él.

Así que tú no cuidas mi cuerpo, te cuidas a ti de él: de verlo, de pensarlo, de saberlo.
Y en ese cuidarte a ti de mi cuerpo, confundes amor con agresión.
Tú agredes mi cuerpo y ¿sabes qué? Mi cuerpo es fuerte, cierto, pero se duele. Porque tu vigilancia no cesa.
Mi cuerpo carga contigo, porque a mi cuerpo le dices todo el tiempo cuánto lo rechazas, cuán distinto tiene que ser, cuán incorrecto es, o -en tus palabras- cuánto podría mejorar.

Mi cuerpo es incorrecto porque luce y se usa de maneras no ortodoxas.
Y como mi cuerpo es público, lo violentas asumiendo te pertenece.
Pero mi cuerpo es mío. Dolido y flaco y gordo y moreno y peludo y tatuado y lesbiano y teñido y violentado y rechazado y observado… Mi cuerpo es mío. Y yo lo cuido de ti.

Podrás explicártelo de cualquier manera, pero lo sabemos bien: tú no cuidas mi cuerpo.

miércoles, 13 de julio de 2016

Trans-Formación


Hace algún tiempo atrás era yo una ignorante. No podría decir que he dejado de serlo por completo (¡tamaña soberbia!), pero sí puedo afirmar que ya no soy esa que optaba por situaciones (relaciones, personas, contextos, ambientes, consumos culturales…) con altos niveles de violencia. En ese momento no lo entendía así, en absoluto; de hecho, lo asumía como algo gracioso o como cosa a obedecer. Daré un ejemplo: caminar de la mano de un hombre e ir a su ritmo, no al mío: que me jalara para alcanzarlo, que me regañara si me atrasaba, y que me expresara con toda su gestualidad el fastidio que le causaba que mi calzado fuera inapropiado para la ciudad (tacones, en particular, que me encantan); sentirme merecedora de los maltratos por complicarle el recorrido, aceptar mi culpa en su malestar. Otro ejemplo con menor tono victimizante de esto de la ignorancia sería el celo, la envidia y las habladurías respecto a otras mujeres, el descrédito a ‘sus viditas’ y el regocijo en sus fracasos porque eso hacemos las mujeres, criticarnos. Y como un último ejemplo (aunque hay muchísimos más) mencionaré el consumo de productos mediatizados cosificadores de cuerpos: la sexualización de las tatuadas, y el sometimiento como un atributo erotizante.

Por mucho tiempo mi existencia normalizó la violencia tanto vivida como producida y dirigida, porque realmente no conocía otra forma de relacionarme o de consumir. La obviedad más grande de esta serie de normalizaciones es admitir la heterosexualidad como un destino, sin cuestionar sus asimetrías en cuanto a roles sociales/sexuales/domésticos de lo femenino-masculino, y creer que mi atracción lésbica tendría que ser solo cosa pasajera y fetichizada porque “lo normal” es lo otro, lo hetero. El amor no podría dibujarse en esa atracción mujer-mujer, porque el amor es sentimiento reservado para entregar a los hombres y a las familias por construir. Para la atracción mujer-mujer solo cabría el fetiche, la fugacidad y el silencio. Toda mi realidad estaba erigida en esos marcos, en el paradigma heteronormativo que de tan eficaz no dejaba margen para siquiera dudar de él.

Hace poco conversé con una mujer que —a menos de un día de conocerla— me narró su biografía. Ella es realmente sencilla y se describe incluso como una mujer de rancho: con una infancia rural en el sur de México, sin estudios, sin gran capital económico, con historias de abuso y huidas por preservar su vida (cruzó la frontera por el cerro, sin documentos y embarazada), y una pequeña estancia en la cárcel tras dispararle a su expareja cuando éste amenazó con quitarle a los hijos. Sus decisiones de vida (a sus escasos 44 años) han sido drásticas a partir de la violencia ejercida por los hombres que la han rodeado. Ella simplemente “no se deja de ellos”, y siempre ha cuestionado que quieran controlarla. Enérgica, la mujer asevera: “si dejar a un hombre que me maltrata y al tiempo salir con otro, me hace ‘puta’; pues prefiero ser puta a que me tengan golpeada y encerrada como una esclava”. Tal visión del mundo le ha hecho merecedora de insultos hasta de su propia familia porque (una vez más) eso no hacemos las mujeres, nosotras nos aguantamos. Conocerla me ha hecho asombrarme de la claridad con la que se ha conducido pese a que ello le haya causado gran sufrimiento. Conocerla me ha hecho revisar mi propia biografía y notar con qué tardanza he podido identificar las violencias (las recibidas y las emitidas). Sin embargo, es justo decir que me tranquiliza saberme ahora en otro lugar. Me he movido.

Reconocer las violencias recibidas de principio me derrumbó al punto de sentirme víctima, desprotegida por todxs (familiares, amistades, parejas sin duda), pero conforme he sido capaz de nombrar he podido transformar la autopercepción. Ni culpo a otrxs ni me castigo de ello, pues. On the other hand, reconocer las violencias emitidas solo me hace sentir muy avergonzada. Pienso que nada justifica la ruindad, aunque buscando ponerme racional solo atino a darle contexto a esas experiencias: la violencia era lo que conocía y, por lo tanto, lo que yo elegía ser. De ahí lo referido como ignorancia. Era una ignorante. Generalmente se trata de un binomio indisociable: ignorancia y violencia. Es por ignorancia que se “acepta” la violencia, por ignorancia se ejerce la violencia. Y la ignorancia de por sí ya es violencia…

Algunas personas que me conocen de hace años han hecho la observación de que soy “otra”, y que esa (esta) otra les gusta. Incluso un profesor de la maestría cuando egresé (hace un par de agostos) me contó como en chisme que una reportera (con quien yo solía trabajar) le comentó que he cambiado mucho, y el tono parecía un asombro con agrado. No sabría cómo se puede ver esto de “ser otra”, lo que sí sé es que me siento distinta: menos ignorante, más clara… No me siento precisamente “otra” sino “yo”. Cursi como suena: me siento yo, me siento correcta. Eso no significa que camino a la glorificación por tan bondadosa que me he vuelto. ¡Nah! Ni lo aguerrida ni lo intensa ni lo argumentativa ni lo azotada se va. Solo significa que poco a poco me despojo de esas ‘verdades’ respecto al deber ser y que he decidido empezar por las violencias, vergonzantes y nocivas.

Creo honestamente que podemos transformarnos, que la fijeza se nos presenta como régimen pero que nada es inamovible. Ni la sexualidad, ni el deseo. Durante la maestría bromeaba con un amigo (que ya falleció) respecto a que me anunciaría como misionera de la conversión, jugando precisamente sobre convertir al lesbianismo a algunas indecisas. Mi promiscuidad no llegó a tanto. Pero lo recuerdo ahora porque esta idea de la conversión (tan asociada a la religiosidad) me parece posible en todo aspecto de la vida. Sí podemos abandonar conductas y entender el mundo de otro modo, sí podemos cambiar la percepción de sí mismxs, sí podemos ser y estar distinto (distinto a lo que hemos sido, a lo que se nos ha asignado socialmente). Más allá del cliché de “perdónate y perdona a los demás” (que seguramente es importante), hablo —porque es mi experiencia— de una transformación de la subjetividad, ergo de las acciones y hasta del lenguaje; una transformación que con seriedad académica quizá haya que explicar con la episteme. Aún no lo entiendo del todo, como se podrá leer aquí. Lo único que entiendo es que me he movido y que cuando padecía vértigo mi cuerpo me hablaba de ello, del movimiento. Al final de cuentas nos formamos transversalmente, pues atravesadas y atravesados estamos por todo al mismo tiempo (materialidad, espiritualidad, sentires…); me parece ingenuo creer —a cualquier edad— haber entendido que el sentido de la vida es uno solo.

Diré que lo único insensato en esto de la conversión sería volver atrás. Pues (citando otras cavilaciones personales, disculpen la falta de originalidad o el exceso de autoplagio) si bien podemos desaprender —y desprender/nos—, lo que no podemos es des-saber.

martes, 28 de junio de 2016

Tijuana

Cuando las ciudades crecen tienden a encarecerse, pues la cercanía a espacios comerciales y zonas residenciales “seguras” otorga plusvalía a colonias que en otros tiempos se consideraban “de la periferia”. De esta manera, Tijuana tiene nuevas zonas cool desde hace algunos años, no muchos. Por ejemplo, la casa que comparto con mi novia ha quedado en medio de parques gastronómicos gourmet, fraccionamientos nice amurallados, escuelas privadas de alta cocina, hospitales nuevecitos con especialidades en neurología, centros oncológicos infantiles, recorridos ciclistas vespertinos, plazas comerciales, escuelas de danza, una iglesia mormona cual palacio de inmaculada blancura, bulevares inteligentes con carriles europerizados y un conservatorio de música de cámara. La vista desde el patio de la casa da al Cerro Colorado, emblema natural seguramente romatizado por algún corrido (de momento no sabría cuál) que asimismo es escenario de intervención para mensajes subversivos (“NO EPN” decía con piedras blancas alineadas por allá del 2012, “43” exhibió en 2014 con la desaparición de los normalistas en Ayotzinapa) y escenario también de nocturnas caminatas hípster hacia la cima que a la distancia nos han hecho imaginar peregrinajes de ritualidades oscuras en busca de centros energéticos para practicar maleficios. Zona Este le llaman quienes no trasgreden los (cada vez más) tradicionales territorios permitidos: Zona Río, Centro, Playas, Garita hacia San Ysidro, Colonia Aguacaliente y aledañas. Y sí es la Zona Este, pero llamarle así es tan ambiguo como zonificar cualquier parte del mundo, como considerar desde Baja California que después de Sonora el resto del país es “el sur” o que desde México se agrupen en la noción “Centroamérica” o “Sudamérica” realidades profundamente distintas (distintas e incluso opuestas en más de un sentido: cultural, social, político, lingüístico, histórico, urbanístico… estructural).

Aunque no transgredamos ciertos límites autoimpuestos (por los imaginarios urbanos o quéséyo) en Tijuana ocurre de todo, y sé que decirlo así resulta igualmente ambiguo así que me permitiré ejemplificar algunas de las dinámicas que puedo identificar por el testimonio no solicitado de veinteañerxs a quienes he conocido en la universidad donde por dos años he dado clases (universidad cuyo plantel, cabe decirlo, se ubica en el límite municipal entre Tijuana y Tecate, en la zona más Este de la Zona Este). Superado el horror gestado en tiempos como 2008 y 2009 de ráfagas sanguinarias, levantones en marisquerías, convoys de la muerte y humildes pozoleros diluyendo cadáveres en ácido por doscientos pesos; la ciudad no pierde la oportunidad de socializar mediante la fiesta y ha sofisticado la manera de enfiestarnos. Una de estas nuevas maneras (que sin duda la calificación de novedad podrá ser refutada por quienes tengan mayor experiencia en el ámbito) es la de organizar fiestas entre ‘extraños’ en casas de colonias casi inaccesibles (por el trazado urbano o suburbano o cuasiurbano) donde la convocatoria se dirige a aquellos y aquellas de “mente abierta”, a gente open minded -con el perdón del anacronismo-, a lxs experimentales, y hasta swingers. No son fiestas obligadamente sexuales ni atascadas en drogas o alcohol (de hecho, al anfitrión -siempre vato- no le gusta lidiar “con borrachos”), son fiestas para conocerse y compartir ya cada quién establecerá qué, cómo y cuántas veces. Hay un cover de ingreso, pero solo para hombres; las mujeres entran gratis pues, aunque no se enuncie como tal, se espera que sean parte de los amenities.

En las ciudades ocurren al mismo tiempo muchas otras ciudades, lo sabemos, de manera que mientras la visión empresarial y de la administración pública se debate en embellecer los bulevares con letreros de civilidad urbana (anti-conducir-en-ebriedad, pro-ceda-el-paso-al-peatón-y-respete-al-ciclista) y camelloncitos arbolados; la cotidianidad de muchas personas que habitan las colonias no significativas para dichas visiones se debate en cuestiones menos cosméticas y más básicas (hasta vitales) de movilidad. Y tener problemas para desplazarnos de un punto a otro de la ciudad nos merma en lo laboral, lo estudiantil, lo amoroso. Debido a esto, junto a la universidad que se ubica en la zona más Este de la Zona Este se encuentra un desarrollo habitacional (o alguna primera etapa de este proyecto anunciado como “sustentable”) en donde muchxs alumnxs rentan -pero habitan de lunes a viernes- justo para resolver la deuda municipal del transporte hacia aquella zona. Pero no imaginemos fraternidades de universitarios como podría pintarlas el cine pop, sino que son condiciones mayormente precarias las que ahí convergen. Ello permite, sin embargo, la conformación de una comunidad en su sentido antropológico: hay empatía, redes de intercambio (simbólico, material, emocional), conocimiento y reconocimiento de lxs integrantes, complicidades.

En Tijuana coexisten todos los tiempos, todas las vanguardias y todos los conservadurismos. Mujeres de cualquier condición social que cruzan hacia Estados Unidos para parir y regresarse con crías binacionales; shows travestis que sin menospreciar a las Lupitas D’Alessios, las Glorias Trevis y las Madonas interpretan-encarnan-acuerpan a Adele, Amy Winehouse y Marilyn Manson; renta de vestidos de alta costura para acudir todas nosotras a todas las bodas y todas las graduaciones de todas nuestras familias; marchas ciudadanas en contra de la reforma educativa o en contra de la represión hacia quienes se manifiestan en contra de la reforma educativa o en contra de ambas cosas; reuniones rotarianas-religiosas para regular el matrimonio y el aborto; ginecólogas que -sin eludir la dimensión económica pero centradas en los derechos humanos- practican abortos; artistas del arte contemporáneo que recorren y regresan de Asia cual embajadores de un país pequeñito llamado TijuanaSanDiego; chamanismos-neochamanismos-charlatanerías-y-santerías; cuencas lecheras Jersey; relaciones poliamorosas de la primera, la segunda y la tercera edad; pasión por el futbol; repudio por el futbol; deportación e indigencia subterránea; edificios inteligentes; cuartos oscuros; promesas de rutas troncales que parecen materializarse; enfermos terminales en humanitarios recintos cristianos, abandonados por sus familiares; galerías no institucionalizadas; mezcales afrutados; Javier Bátiz al aire libre; desfiles del orgullo gay como auténticos carnavales; solemnes conferencias académicas con livestreaming; mucha (MUCHA) cerveza artesanal; las cuatro estaciones del año cada día; tatuajes a 13 dólares todo viernes trece; bares en el último piso de un viejo estacionamiento; celebridades del noticiero local.

La ciudad es inabarcable en la experiencia; por ello sucede que -a veces- en la narración ajena nos resulta desconocida, (incluso) vulnerada. Hacemos listados en prosa de aquello que la mirada y el testimonio recuperan de los lugares, pero tendríamos que vivir en esos cuerpos, tener esas vivencias, para acordar en los sentidos, acaso entenderlos. Será siempre legítimo el celo de quien no quiere le expliquen su ciudad. Porque nunca es la misma. Porque no es una sola. Como legítimo es el temor a salir de nuestros espacios conocidos. Como legítimo es comparar Tijuana con los otros lugares de origen. Como legítimo es huir de ella o comprar un terreno. Legítimos el desprecio y la fascinación y todo sentimiento que se ubique en medio. Quizá solo cuestionaría la voluntad de miopía frente a la multiplicidad de ciudades-realidades-experiencias, esa imposición discursiva de una Tijuana absoluta que algunxs pronuncian orgullosxs desde posiciones de poder negando (en busca de anular) a las otras Tijuanas.

Aunque con rasgos que vislumbren cierta permanencia, nada fijo puede haber en las ciudades: ni el tiempo ni los significados se detienen.

miércoles, 1 de junio de 2016

Drained brain

Escrito el 20 de abril de 2016.

So this is gonna be a challenge. Not only because I’m gonna try to think and write in another language but because what I’m about to tell is difficult to me to even pronounce it. I’ll start by saying that this is the first day since the incident that I listen to music, and to be honest I find it very helpful, kind of therapeutic. I am amazed of how much can we change in so little time. But mostly I am amazed and disappointed of how easily can a person be manipulated, at the point of stop being themselves. Saying that, I’ll confess that I am no longer myself, the fear has taken every part of me letting me empty of what I used to be. I no longer dance nor sing. I don’t wanna go out my house and when I have to do it, I become a total paranoid: my heart pounds very fast and the anxiety takes over me. I look over my shoulder and ask constantly why people stares at me. What do they know? Are they watching me? But I think this is normal under the circumstances, I guess this is what happens when you have been threaten to be skinned off, to be sexually abused by ten guys, to be beheaded. And even in that scenario, I feel very disappointed of me. Because I believed everything that this men were saying to me by the phone. That's right: BY THE PHONE. I let them control me for almost twenty hours, twenty hours of torture, psychological and (obviously) emotional torture, while I did not eat, I did not sleep, I did not drink water, I did not think. I was not me (I still am not). Now I am a very frightened person (maybe I already was before that, and that's why I was an easy target). And, besides crying all day, the only thing I do now is go back to every minute of that twenty hours of surrealness. And punish myself for being so stupid. I listen to their voices repeating me awful things, talking about my body and my tattoos and my genitals. Talking about my family, about my brother particularly and how they'd kill him. I was not me. 'Cause I believe (at least before that terrible episode) that I can distinguish what's real from what isn't. But I didn’t. So that's why I feel so guilty: because going directly into that trap just confirm that I am not as smart as I thought I was. That I am stupid and weak and a coward. That I believe every fictional thing that comes in front of me. That fear is the only legit feeling on which we can count on. Not love, or compassion, or hope, or peacefulness. Fear. Because this is the reality we live on: a world of threats, harassment, intimidation, violence, captivity. A world where if somebody tells you that is gonna tear-off your tattoos from your body, you must believe it. I don't only feel fear and guilt, I feel very responsible of the concerns and anguish I caused to the ones I love. And I feel ashamed. Because now they know how incredibly stupid I am. Now we all know I am a fraud. A child who needs to be taking care. Not a woman. Not an adult. A child, and a very stupid one. The music keeps playing. I write this while I look through the window time to time, just to check no one is coming. Because my stupidity is so big that even knowing that event was not quite real I still believe I am in danger. So when I say that I am not me anymore, I am really saying that maybe this is the real me. My brain drained everything I thought was, and the only thing that has let me in is this sense of emptiness. This is what happens when you are forced to abandon yourself and say goodbye to everything you knew. The fiction becomes real because the feeling that it produce is real. So you start knowing yourself, questioning unstoppably what is real, because the only certainty you have is that you were not.

miércoles, 6 de abril de 2016

Procrastineishon

El asunto con trabajar en casa es que cuando transitas del estudio al baño y observas una pelusa en el piso, optas por dirigirte al patio para agarrar la escoba, pero al pasar por la cocina opinas que no estaría mal prepararte otra taza de café aunque -considerando que ya sería la segunda del día- tendría que estar acompañada por un huevito revuelto con jamón, por lo que abres el refrigerador solo para descubrir que se acabaron los huevos, de manera que la opción más óptima sería ir a la tienda que se encuentra a una cuadra, para lo cual tienes que quitarte las pijamas y ponerte mínimo unos shorts con camiseta y tennis, así que una vez en la recámara te reprochas no haber extendido las cobijas, por lo que te pones a hacerlo dado que no te quitará mucho tiempo, cuando de pronto hallas entre el cobijero el calcetín que tenías perdido, así que acudes al cajón de los calcetines para volver a organizarlos, no sin antes pasar por el espejo y recordar que no te has depilado el bigote y pues ya que estás en casa convendría hacerlo... Al final no te explicas cómo es que no has acabado el trabajo, la pelusa sigue en el piso, no desayunaste, andas en pijamas con calcetines disparejos, y tienes el rostro libre de vello facial indeseable para cumplir con tu papel social de mujer moderna aunque no vayas a salir a ningún lado.

jueves, 7 de enero de 2016

De las comidas maternas

Cuando me mudé a Tijuana por motivos de estudios universitarios, la casa de mi hermano (mayor) y su familia se convirtió en mi casa. A mis 19 años, la mudanza significó la salida definitiva del hogar materno pues aunque no fuera ese el planteamiento inicial resultó que culminando la licenciatura me quedé a vivir en la frontera (la cual todavía no he sido capaz de cruzar). Como toda hija de mami, lo primero que extrañé fue la comida. Mi alimentación en esos primeros meses estaba a cargo de la entonces esposa de mi hermano y de los expedidores de comida chatarra; también de la cafetería del campus. Pero nada se comparaba con los guisos y sazón de mi madre, a quien veía cada fin de semana. De sus platillos estrella (cuya estelaridad prevalece a la fecha) encabeza la lista el caldo de albóndigas, una delicia sinigual (tan sinigual que un primo -menor que yo- cada cumpleaños pedía mi madre le preparara el susodicho manjar otorgándole una condición de comidas festivas); también el bistec ranchero, pastas (rojas, blancas, amarillas), caldo de res, cremas de verduras varias, pozole… Supongo que cuando se tiene la dicha de tener madre, esto de las comidas maternas forman siempre un lazo fundamental en nuestro desarrollo, dada la conexión amorosa que trasciende los placeres gustativos, aromáticos, digestivos, estéticos, en tejidos afectivos que la memoria guarda como parámetro para distinguir lo verdadero de lo postizo, lo profundo de lo superficial, lo familiar de lo ajeno. De ahí la dificultad de adaptarnos a comidas otras. Al inicio de la carrera entablé amistad con la única chica que me pareció lo suficientemente irreverente, vaga y nocturna como para intercambiar y construir experiencias. La única que pude percibir como auténtica y unpretentious. Su domicilio y el de mi hermano no eran tan distantes así que tanto para desaburrirme como para imprimir trabajos escolares (es en serio), un día fui a su casa. Convenientemente llegué a la hora de la comida y cortés como siempre he sido (eufemismo para gorrona) acepté sentarme en su comedor. La mamá de mi amiga, con todas las atenciones posibles de quien se ha dedicado a ser cordial, me sirvió un bistec ranchero con papas acompañado por una ensalada de nopales, tortillas de maíz y lo de la bebedera la verdad no recuerdo. Cerveza tal vez. Comí, disfruté y viajé al no tan lejano sabor materno de mi propia mater. Era justo el sabor de la confianza, el sabor generador de seguridad, el constructor de identidad, el que abraza, el que huele a tequieros, el que conforta, el que susurra un ‘siempre estaré a tu lado’. Esa tarde hablé por teléfono a mi madre (de teléfono fijo a teléfono fijo, nada de celulares) para contarle que tenía una amiga cuya madre cocinaba como ella, y mi siempre prudente progenitora lejos de sentir su afectividad gastronómica amenazada le reconfortó encontrara amistades que me compartieran el amor de familia con el que han crecido. Muchas más veces visité a mi amiga a su casa: más allá de la gentileza de atender a la visita por ‘educación’ siempre me sentí bien recibida, una interacción genuina y desenfadada. Al año siguiente de que ingresamos a la universidad, la señora (Martha es su nombre) enfermó y falleció, lo que alteró totalmente la vida de mi amiga, quien como hija mayor asumió el rol cuidador hacia dos hermanos que dada su situación de menores de edad quedaron huérfanos de madre. Acudí al funeral con otra compañera de estudios y de vagancia, solo para atestiguar una de las escenas más tristes y bizarras que hasta la fecha había presenciado: mi amiga, como dopada (en un estado de irrealidad pero sin performance), me invitó a ver a su madre en el ataúd. Rechacé el ofrecimiento quedándome en la parte trasera de la sala funeraria. Cuando le conté a mi mamá lo sucedido solo atinó a decirme “qué caray”. La historia de mi amiga a partir de ese momento se plagó de varias otras tragedias que van desde vacíos afectivos y abandonos familiares hasta precariedades económicas muy cercanas a la pobreza extrema y crisis depresivas tendientes a la renuncia total. Sin embargo siempre caminó, un tanto como El Deber de quien es responsable, un tanto como impulso irracional, un tanto como eludiendo la parálisis privilegio de egoístas. Son ya 17 años los que tengo fuera de la casa materna… pero tengo madre, una a quien puedo visitar cuando guste y de quien puedo disfrutar sus comidas. Mi amiga, en cambio, quedó vacía de dicho lazo… a menos que las comidas de mi madre e incluso las propias (las de ella o las mías) le transporten aunque sea por breves lapsos a las sazones de Martha. El 6 de enero es su natalicio, la señora tendría un año menos que mi madre. Adoptaré el tono de religiosa madura para decir que “solo Dios sabe” cómo hubiera tomado la noticia de que su hija y yo somos ahora cónyuges. Intuyo que acaso como mi madre: con mucho desconcierto y algo de censura al principio, como mucho amor y total respeto para este presente. Y llenándome de vanidad, pienso que Martha me seguiría apreciando como nuera (¿o yerna?) y que yo seguiría sentándome en su mesa para comer al borde del eructo. Pienso además que beberíamos sendas caguamas (es que la fama nos precede, no pretendo ser grosera). But I guess we’ll never know. En su memoria y en agradecimiento he de cerrar diciendo “rest in peace, suegra”. Y agregaré un singular y [según me cuentan] coherente: “¡salud!”.

sábado, 2 de enero de 2016

Pues así bien original: recuento 2015

Sigo convencida de que cada día es año nuevo solo porque cada día es irrepetible. No habrá otro dos de enero, por ejemplo, sino hasta el siguiente año (aun así es poco probable que sea igual a éste). Pero entiendo el simbolismo de cambiar de número a las fechas cada 365 días y recapitular lo que ocurrió en ese lapso temporal. Habiendo dicho lo anterior, comparto que mi 2015 fue trágico. Ocurrieron un montón de eventos que si bien en apariencia no tenían que ver conmigo, estaban (y siguen estando) estrechamente vinculados a mí pues afectan (en el sentido más emotivo: los afectos) mi vida. Uno de ellos (el principal, acaso) es que la hermana de mi novia abandonó a sus nenes (en medio de una serie de patologías que van de la dramaturgia a la mitomanía), lo que “obligó” a que mi novia encausara sus energías al cuidado de dos preescolares. Su discurso -el de mi novia- es amoroso, es decir: se desvive por ese par de menores porque los ama y no quiere que sufran, algo que nadie sería capaz de cuestionar; lo conflictivo es que en esa entrega (amorosa y desinteresada, profundamente honesta) ha caminado hacia resolverle la maternidad-paternidad a dos adultos: la hermana en fuga y el padre de los niños. Particularmente al padre porque es él con quien se supone dejaron a los pequeños. Y en ese caos solo observo cómo abusan de mi novia, en el marco de que jamás habrá cosa alguna que le pidan en nombre de sus sobrinos que ella sea capaz de rechazar. Es complicado porque ello deriva en que mi novia está agotada y está sola en esa tarea, pues frente al asunto yo no participo dado que (me llaman egoísta) de hacerlo seguro ya habrían mudado los niños a nuestra casa y le cocinaríamos al huevón de su padre. Exagero. O tal vez no. Ante semejante lío se me ha exigido (moral-socialmente) desempeñar el rol de la novia comprensiva y además agradecer la bendición del regalo de la niñez en nuestras vidas porque como lesbianas solo podemos aspirar a criar hijos putativos. En tanto yo reafirmo que si en 22 años de capacidad reproductiva no he tenido hijos es porque de verdad no ha sido un proyecto que me atraiga. La cosa es esa: se le impone a mi novia una maternidad casi inexorable (como su moral obligación) y de paso se me impone a mí una especie de paternidad-maternidad-conyugalidad con críos que no planeamos. Obviamente (insisto) mi participación es casi nula, pero estoy consciente de la mirada social que sanciona mis obligaciones frente a la tragedia. Lo mínimo que debería yo hacer es no agobiarla (a.k.a.: no opinar). Pero hay algo sumamente absurdo y hasta injusto que no puedo ignorar: se actúa como si los pequeños no tuvieran a nadie más que a su tía cuando en realidad ¡no son huérfanos! Es cierto: con la madre ya nadie cuenta, pero ¿y el padre? Conozco cantidad de historias de padres “solteros” que logran ser eso: padres. Me pregunto entonces: ¿por qué vemos menos terrible que el padre sea el ausente y enarbolamos la idea (patriarcal, claro) de la “madre soltera”? ¿por qué normalizamos que la crianza de los menores sea por la madre asumiendo que es su deber y que puede hacerlo sola? ¿por qué inutilizamos a los padres frente al abandono de la esposa? ¿por qué reproducimos la idea de que somos las mujeres las que debemos cuidar, consentir, bañar, lavar, cocinar… para los hijos? ¿por qué buscamos no alterarle la vida a los hombres? ¿es para que puedan seguir desempeñando el rol de proveedores y nunca sean cuidadores? Todo ello ha sido muy cansado para mí con todo y mi distancia. No imagino lo cansado que es para mi novia. Bueno, sí lo imagino porque lo veo, lo vivo a su lado: de esa dinámica, con los sobrinos como prioridad que nunca he de cuestionar, ya son once meses.

Creo que estoy por usar la palabra más cliché de estas recapitulaciones y no voy a detenerme: ha sido un RETO. Toda esa historia nos ha confrontado a cantidad de discusiones que asimismo han reconfigurado nuestra forma de relacionarnos. Dialogamos más este año que el anterior, pero también nos gritamos más. Momentos muy dolorosos en el ámbito del desencuentro parejil. La verdad. Pero al menos tratamos de ubicar el origen de tales desencuentros y resulta que (en efecto) en su mayoría es la dinámica familiar impuesta (por el contexto, o por la gente, o por el amor, o por el Universo… pero impuesta). La honestidad, me parece, es la que nos salva. Y, claro (siguiente cliché): el amor. El amor nos salva de nosotras mismas. Ahora mismo remodelamos partes de la casa porque pues el proyecto (cuando es de las dos) tiene miras al futuro. Como dice mi hermano: futureamos. Y construir es avanzar. Nunca antes tuve estos deseos.

Profesionalmente me dediqué a la docencia: impartí más asignaturas en la etapa terminal (me suena terrible esa categoría para los semestres finales) de la licenciatura en Diseño Gráfico de la universidad autónoma. Con Comunicación como licenciatura y Estudios Culturales como maestría, les resulto adecuada a lxs coordinadorxs para las clases meramente teóricas, aunque a lxs estudiantes les parece muchas veces que se trata de materias sinsentido. Mi estrategia ha sido desestabilizar. Y no es que me lo piense demasiado, sino que recurro a ello para poder conducirlxs al ámbito que domino y así vincular los contenidos requeridos para su formación profesional con mis posibilidades teóricas. Entonces lo que he hecho es leer sobre estudios de la visualidad, y conectar dichas perspectivas con el trabajo de comunicación visual al que está obligado todo diseñador gráfico. Una de las asignaturas más gratificantes fue Metodología del Diseño (para noveno semestre) donde como producto final individual lxs alumnxs presentaron campañas con temática social (elegida por ellos mismos, previa documentación). Mi lógica fue: el diseño también está en el sector público, en el activismo, en las organizaciones civiles, en la política (partidista o no)… no solo en los rubros comercial, corporativo, empresarial. Así que después de una sesión donde situamos cuáles son los problemas que tiene el mundo (sesión que denominamos Depresión I), lxs estudiantes decidieron desarrollar temas para informar y concientizar sobre: el maltrato animal, la homofobia, transfobia, discriminación en la educación (acceso diferenciado a la educación por condición de clase social), bullying escolar, extinción de la abeja, respeto a los estacionamientos especiales, cosificación del cuerpo femenino a través de la publicidad, maltrato a adultos mayores, sobredependencia tecnológica, autismo, ciberfeminismo… Honestamente: proyectos muy buenos, pues a ese nivel de la carrera son ellos los expertos en explicarlos en términos de medios, canales, temporalidad, sector o público, recursos, composición, colores, impacto. La cosa era sacarlos de la idea pop del diseño gráfico como ornamento [o arma ] de persuasión del dark side (a.k.a.: capitalismo). Si saliendo de la carrera ellxs entran a trabajar a la Coca-Cola, o a la Apple, o a la Nike pues qué bien, supongo. Pero es importante no perder de vista que en la salud pública, en las instituciones educativas, en las dependencias culturales, en Green Peace, Amnistía Internacional, Reporteros Sin Fronteras, Occupy, Los queremos vivos, Ni una más… también se hace diseño gráfico. Seré cursi pero aprendí mucho de ellxs.

Entre las nuevas asignaturas y la emocionalidad en vaivén, no logré organizarme para publicar artículos académicos, como hube planeado en enero pasado. Es decir, puse en pausa esa actividad y no envié textos a evaluación ni sometí mi tesis a concurso ni nada de eso. Me lo explico con lo anterior (la vida personal, la vida laboral), pero creo que además actúa en mi voluntad una suerte de desapego necesario del ritmo exhaustivo de la maestría, unas ganas de distanciarme de ello y ser [más] superficial: salir a cenar, pasear en mi carro, visitar a mi familia, ir al cine (acompañada o sola), beber, bailar, cantar, dormir 14 horas, engordar, comprarme ropa, ver reality shows… No me enorgullezco precisamente; solo lo enlisto porque (lejos de quererme azotar por lo exigente de la vida o -simplemente-  hacerme mensa) sé bien en qué desperdicié mi tiempo, sé bien por qué no pude organizarme. Este enero es diferente porque impediré llegue el sabotaje a la vida responsable de posgradada (o como se diga). En otras palabras: me siento lista y quiero [QUIERO] publicar, aprender, leer, escribir, dialogar, debatir, ponenciar. Mi voluntad está puesta en ello y, a un año casi inamovible en dicho sentido, lo siento ahora como una necesidad. Las prestaciones laborales más las “ventajas” crediticias (¿cómo escapar al modelo? Me es difícil con estas aspiraciones) me permitirán adquirir una laptop nueva que le irá muy bien al bolso-maletín fashionista que me regaló mi novia en navidad, laptop en la cual se escribirá un nuevo capítulo de vida académica. Ese es mi gran entusiasmo de año nuevo.

Solo para cerrar la recapitulación del 2015: inicié este ‘recuento’ con la sentencia de que el año me fue trágico. Y mi empleo de palabras siempre ha buscado ser preciso: en el rigor operístico la tragedia implica muerte. Pues bien, hace menos de un mes falleció mi abuela, mi única abuela para ese tiempo, mi agüe. Tenía 90 años. Y sin importar su edad y lo asumida que se tiene la muerte para la abuelez, siempre me causará tristeza pensar en no volverla a abrazar. Y me causará tristeza la tristeza de sus hijos (mi madre y mis tíxs). Estos días, me enteré también de dos tragedias más, de conocidos veinteañeros cuya juventud hace aún menos comprensible su partida. Fue un diciembre enlutado.

sábado, 21 de noviembre de 2015

Amy y yo

No imagino una vida sin el privilegio de la audición, sobre todo frente a la maravilla de sentir-vivir-revivir-recordar a través de las músicas. De ahí que me compadezca (y es terrible decirlo) de los sordos o débiles auditivos. Voces e instrumentos ensamblados en afectos. ¡Cómo prescindir de ello!. Fui a ver la película de Amy consciente de que se trataría de un estrujamiento emocional, no solo porque ya sabía en qué termina la historia sino porque la relación que me permití establecer con su música y por lo tanto con ella (así me lo he creído) llegó a niveles tales de intimidad que anticipaba una inevitabilidad introspectiva ultrapersonal. El documental abarca del 2003 al 2011, año en que su corazón dejó de latir. Ese recorte en el tiempo en mi biografía es, asimismo, azotado-intoxicado-autodestructivo-moribundo-famélico-celoso-tatuado-violento-excedido-aturdido-doliente-fragmentado… Y no por Amy (mis tiempos de imitación artistoide se quedaron en el grunge noventero) sino porque me construí un modo de vida altamente nocivo, cuyos motivos identifico solo a veces y con torpeza. Veía la película y no podía dejar de relacionar los tiempos y su dolor con mis tiempos y mis dolencias. Veía esos trozos de su historia conectando perfectamente mis sentires de aquel momento con las ganas de desaparecer, con las letras promiscuas e hirientes, con los ritmos hondos, pausados y suicidas; con la voz profunda pidiendo un auxilio ahogado por el virtuosismo jazzístico; con la muerte lenta como espectáculo. Cuando Amy murió lloré mi propia muerte. Sé que suena exagerado y tremendamente fanático, pero enluté por ambas. En su muerte pude ver mi cadáver: mujer con la piel pegada al hueso y la toxicidad en todo su sistema. En ese 2011 sabía bien que ya no quería esa vida de incertidumbres, miedos y placeres efímeros como placebo cotidiano. Sabía bien que ya no deseaba llorar por nadie en el piso de la cocina, ni que mis lágrimas secaran por sí mismas, ni que la sangre en las paredes me recordaran a “un amor”. I didn't wanted to die a hundred more times, ni gritarle a nadie you should be stronger than me. Ya no quería herir. Ni estar sola rodeada de gente, vacía de mí. Lo sabía tanto como cualquiera que lo padece, sin tener idea de cómo sanar. Al final sentí alivio por ésta que soy (¿que qué hice para salir de aquella? Ocurrió el clásico ‘tocar fondo’ y frente a un sentimiento muy oscuro, renací. Cursi como suena. Abandoné un montón de gente y un montón de prácticas… que todavía me acosan en sueños). And I found the friend I needed. Or the friend found me. Son logros pequeños pero enormes los acumulados de esas fechas a la actual. Pequeñas grandes transformaciones que me alejan de la timidez y la vergüenza. Es decir: abrazo cada aspecto en mi biografía pues me enorgullece que en ella pueda narrar trayectoria y no inamovilidad. I became my own rehab, don’t exactly know how. Descansen en paz aquellas que fuimos. El maquillaje teatral es cosa aparte.


sábado, 5 de septiembre de 2015

Los olvidos


La coordinación de la carrera de Diseño Gráfico tuvo a bien considerarme para cubrir el permiso por incapacidad (embarazo es el caso concreto… es que eso de incapacidad suena feo) de una profesora que imparte en tercer semestre la materia Historia del Arte, un ámbito del que poco conozco más allá de algunas generalizaciones que como tales están plagadas de clichés. Me hallé pues en tremendo dilema con eso de entrarle a temas como el Renacimiento y el Rococó y todos esos asuntos importantes para el llamado arte universal (asuntos en los cuales, dadas mis propias –le llamaré elegantemente– estrategias didácticas, hube postergado). Para acolchonar las primeras sesiones, apliqué el famoso paquidermismo (el arte de conducir todo tema, por más ajeno que te sea, a tu terreno conocido) y empecé las sesiones con dos tópicos que me parecieron relevantes siguiendo esta lógica: si la asignatura se llama Historia del Arte, convendría desentrañar los componentes de esa oración preguntándonos ¿qué es Arte? y ¿qué es Historia? Eso me daría tiempo para enterarme por mi cuenta de qué es eso de la Edad Media y el Gótico y el Barroco y… y poder transmitirlo. O intentar transmitirlo. Para el apartado del Arte discutimos en una intensa pero ordenada sesión sobre las diferencias entre arte y artesanía, donde se despertaron las pasiones por (por un lado) la defensa del arte libre (el que subvierte, el que sublima, el que rompe cánones) y el arte institucionalizado (el que debe conocer lineamientos, el que respeta el orden, el que educa a los ignorantes, el que se capitaliza). Eso nos situó (a todus, incluyéndome claro) en las subjetividades en torno a la producción artística pero nos generó dudas respecto a la técnica. ¿Trascienden los que trascienden por sus redes y capital social o realmente son maestros innovadores que –sean rebeldes, sean alineados– capturan, presentan y representan la multidimensionalidad de la existencia en una materialidad plástica-lírica-musical con capacidad de ser abstraída? Pensé en Bourdieu y sus debates sociológicos sobre quién crea a los creadores y sobre el sentido social del gusto (buen gusto, gusto popular). Pero me dije basta de paquidermear. Y pasamos entonces (en sesión siguiente) al tema de la Historia. Nuestro punto de partida fue preguntarnos ¿qué es un hecho histórico?, con la idea de cuestionar (siempre cuestionar) aquello que se nos presenta como verdadero y trascendental. ¿Quién entra en la Historia? ¿Quiénes quedan fuera?. Sin cruzarlo aún con la cuestión artística, nos abocamos a analizar el trabajo del historiador y [lo expreso con entera honestidad] el nivel de argumentación lo encontré muy satisfactorio pues para que ello ocurriera antes los alumnos hubieron indagado sobre algunas características y definiciones. O sea: llegaron preparados para el tema anunciado. Situamos al historiador, para empezar, como un individuo que selecciona (y por ende discrimina), ordena, analiza, interpreta y presenta información, datos, construyendo así (en su ejercicio) hechos que hemos de clasificar como históricos; y ejemplificamos esto de la interpretación (sin demasiada hermenéutica) con la historia de México, la heroica y la vergonzante. Se me ocurrió (es decir: lo llevaba totalmente calculado, ajá) pedirles una tarea donde ellxs ejemplificaran los ejes concretos en los que se “manifiesta” la Historia: memoria (colectiva), identidad, patrimonio, imaginarios y [aquí es donde deslizo la subversión] los olvidos. Y el resultado (para la sesión siguiente) fue aún más político (en su sentido amplio) de lo que esperaba. Según sus indagaciones, tenemos entre nuestros olvidos momentos tanto de la historia pasada como de la contemporánea: olvidamos a la campaña anti-china [racista y de exterminio] impulsada por el gobierno mexicano a principios del siglo pasado, a la Primera Guerra Mundial (donde no sabemos quién peleó con/contra quién), a los 43 estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa (porque el control mediático juega un papel central), al ‘Halconazo’ (la otra masacre a estudiantes, la del ’71), a Luis Donaldo Colosio Murrieta (una historia, además, tan cercana en tiempo-espacio). Coherentes sus ejemplos con su edad, coherentes con los mecanismos y dispositivos dominantes (donde unos pocos poseen/controlan los medios de producción de sentido, de verdades, de memorias). Con decir que ¡muchos no saben del EZLN! Pero sería insensato quererlo explicar con una enajenación o ausencia de pensamiento colectivo dada su juventud, sin ampliar la mirada y reconocer el triunfo de un sistema cuya estructura está diseñada para –eficazmente– olvidar, desarticular, desmovilizar, individualizar… y para (con ello) conservar las asimetrías, ergo los privilegios. Era un reto, claro, ubicar los olvidos pues justo “los datos se encuentran dentro de límites controlables”, como les expuse citando a Carr. Esta semana, después de tanto surfeo académico por mi parte, ya no pude evadir los contenidos temáticos de la asignatura y vimos [por fin, tras sacar unas biblias de la biblioteca] el arte en la Edad Media, el Renacimiento, Manierismo, Barroco, Neoclásico y Rococó, donde [obviamente] me di vuelo con el teocentrismo de las primeras corrientes y la aristocracia de las últimas, con la intención de fomentar el pensamiento crítico porque (tan romántico o ingenuo como suene) creo que a eso se debe abocar la universidad y todo espacio educativo. Pero también solicité diseñaran un menú con los elementos (texturas, composición, temáticas, colores…) representativos del rococó francés, porque [bueno] no sólo serán diseñadores gráficos sino que el sistema educativo exige vincular todo conocimiento a lo productivo. You know: el siempre clásico enfoque utilitario del modelo captalista. Ya  valoraré en esta semana su comprensión esteta... o algo así. Lo otro, lo contextualpolíticocríticoreflexivo que acompaña cada corriente, no lo puedo valorar numéricamente. Solo puedo decir que esta clase y esxs alumnxs crecen en el apartado combativo que guarda mi corazón.

miércoles, 8 de julio de 2015

La ‘obligatoriedad’ de salir del clóset


Esto de que se esté visibilizando hasta un punto mercantilista (claro, como todo en la vida) la homosexualidad y su marco “legal” (que no es que antes fuera precisamente ilegal, pero sí socialmente sancionado e institucionalmente excluido, homofobia que le llaman… régimen heteropatriarcal) pone en entredicho a lxs closeterxs. Verán: quienes viven en “el clóset” muchas veces (motivos hay infinidad, sin duda) se han escudado en una idea de “lo prohibido”, tomando como camino único para la relación amorosa el ocultamiento. Es decir: han evitado ‘confrontar’ a la sociedad con su identidad sexual, manteniendo en un lugar que a algunxs nos parece indigno a su pareja, a quien excluyen de su vida social, familiar, pública, visible… o al menos le excluyen en la semántica (pareja, novio, novia, relación) y presentan solo como “mi amigx”. El pretexto perfecto para no asumir ser quien se es ha sido (y no es que esto acabe a partir de las legislaciones) que se trata de un asunto que incomoda, de un tabú, que ser homosexual está en el bloque de los caminos indeseables para lxs hijxs, que la sociedad estigmatiza, que la ignorancia nos vulnera. Eso ha permitido mantener cómodamente a las relaciones al margen de la visibilidad y, al mismo tiempo, en un grado de compromiso ‘menor’ debido a las circunstancias (“no nos podemos casar”). Sin embargo, que ahora no haya limitaciones institucionales para formalizar las relaciones hasta un nivel de construir matrimonios y familias pone en una encrucijada a lxs closeterxs porque se han acabado “las restricciones desde afuera” (al menos éstas, las del Estado) quedando solo las restricciones desde adentro: el temor de asumir. Se han quedado sin discurso, teniendo que recurrir a discursos otros para nombrar lo que en realidad les frena: el temor a la sanción social-moral. No pretendo yo aquí aminorar el temor (no me atrevería a llamarle cobardía tampoco), pues realmente vivimos en una sociedad violenta-ignorante-fanática-discriminatoria, donde renunciar al proyecto heteronormativo tanto puede ocasionar decepción familiar como puede conducir a exclusión del modelo-sistema. Y nadie queremos eso, right? La cosa que observo es, pues, lo que ya mencioné: que la visibilización actual de lo queer conflictúa a quienes (por diversas razones que no me atrevo a cuestionar) han optado por el clóset. Y no es que haya una obligatoriedad por visibilizarse (cada quien, de ahí la comilla en el título), no es que nos tengamos que enterar de quién hace qué con su cuerpo o con su corazón, el punto sería acordar espacios y enunciaciones, porque si solo una de las dos partes en una relación decide por el ocultamiento pese al dolor de la otra parte, bueno, me parece que lejos de construir relaciones igualitarias se está imponiendo (y reproduciendo) en lo íntimo-público-privado-social un esquema asimétrico basado (como tantas cosas en esta vida) en el poder (biopoder-biopolítica, que le llaman).

lunes, 29 de junio de 2015

Legalización de lo gay

Me encantan las fiestas. Y esto de que el matrimonio gay (que espero pronto se llame solo “matrimonio”) sea ya “legal” (término impreciso pues no es que antes hubiera bodas gay ilegales o clandestinas) me permite imaginar algunas fiestas. Pero es complicado, muy complicado, porque se trata de un derecho que eriza a los de mente primitiva. Y eso nos vulnera a todxs. Puse mi foto de perfil de feisbuk con el filtro arcoíris hace un par de días, cuando se legisló en los Estados Unidos a favor del derecho de todas las parejas a unirse en casamiento. Sucumbí como sucumbo a otras oleadas mainstream cuya valoración como ‘frívolas’ por quienes defienden la subalternidad o el underground o el anticapitalismo pues me provoca cierta gracia. Nota al pie en el cuerpo del texto: no sucumbo ingenua a las modas ni a los clichés, los asumo con todas sus cargas simbólicas y sus sanciones sociales, y uso tacones y me fascinan los collares y no hay mejor color que el rosa fiusha y no me concibo sin maquillaje y cocino muy bien y lloro con facilidad y amo usar vestidos cortos y me rasuro las axilas y en ocasiones las dejo greñudas y combino mi ropa interior con la exterior y tengo canas y no me tiño el cabello y canto la canción pop gringa del momento y me aprendo los pasos de Beyonce… Decía, pues, que sucumbí y mostré mi cara policromática sumándome con total conciencia a esta trampa de la simulación por la equidad y la inclusión. Y es que “legalizar” el matrimonio para los homosexuales no acaba (OBVIAMENTE) con la homofobia ni la discriminación ni las violencias ni la ignorancia. Pero ello no implica que estos despliegues norteamericanos por visibilizar la exclusión de una parte de la población y luego institucionalizarla sean poca cosa. Tomo una pausa para pintar mis uñas de irremediable esmalte bugambilia.

He vuelto. Pasa lo mismo con ser mujer. En ningún lugar dice que ser mujer es ilegal o que son legales las agresiones sexuales hacia las mujeres o que es legal el acoso cotidiano, sin embargo el ‘sujeto femenino’ es sistemáticamente violentado con total impunidad. Y las leyes y las cartas magnas y las comisiones especializadas en asuntos de género y los institutos de la mujer y todo el aparato del Estado promulga una cantidad de normas muy bellas y muy justas y muy necesarias a favor de los derechos de las mujeres… sin que ello elimine los machismos ni las misoginias constantes, micro y macro. Seguro mi comparación resultará absurda porque todavía se cree que la homosexualidad es una cosa de orientación ergo de preferencia, y ser mujer pues “se nace”. No pienso detenerme en la genealogía de los esencialismos pero sí diré que la naturaleza de mi ejemplo busca justamente recordar la distancia que existe entre los derechos humanos/civiles y el comportamiento de las masas. Por simplificar: que haya leyes justas no implica que se viva en una sociedad justa. El artículo primero constitucional es muy hermoso. Y México tiende a ser una porquería ¿a poco no? Racista, sexista, moralista…

Otro punto pertinente a tratar en este asunto de lo gay “legalizado” (risas grabadas), es que el matrimonio no es necesariamente la búsqueda que tiene la homosexualidad (como si requiriera permiso para amar) sino que se trata de un derecho. O sea: no asumamos que todas las parejas gay se quieren matrimoniar (pues en general la institucionalización del amor, hetero u homo, puede criticarse desde la perspectiva [anti]capitalista como una forma más de control con fines de reproducción de un modelo y, por supuesto, de consumo). Pero ello tampoco le resta importancia al momento histórico de pintar de arcoíris a América del Norte. Trato de verlo, sí, en su trascendencia histórica (aunque la historia ya nos habla de homosociedades desde antaño, y mirémonos desmemoriados) sin marginar de la mirada todo lo otro que no se logra con legislar, como construir interacciones en marcos de respeto, o como (lo diré tantas veces como pueda) eliminar las violencias. Legislar es un paso (no sabría si grande o chico, porque se legisla en el reconocimiento tardío de que todxs tenemos los mismos derechos, casi como una concesión paternalista), pero falta un montón para realmente caminar hacia la conformación de sociedades justas. Que el matrimonio hay que abolirlo, que es otra ficción hegemónica para perpetuar el estado de las cosas, que debemos deconstruir todo porque la modernidad se instaura en lógicas diferenciadoras, que hay que ser siempre subalternos porque de sucumbir a lo dominante traicionamos las causas auténticas, que la congruencia ha de ser cuestionar todo y evadir las posiciones de poder pues ello nos convierte en el enemigo, que solo siendo antisistema venceremos al sistema, que renunciemos al nombre propio, que dejemos de pensar en patrias… La verdad estoy de acuerdo. Mas no me burlo de quienes aplauden “los avances”, ni me enojo. Lo comprendo. El modelo ha sido tan eficaz que resulta abismal la distancia en el ritmo de las sociedades, el ritmo de las mentalidades. Desde mi perspectiva tiende al fascismo creer que todxs debemos pensar lo mismo. De ahí que me resulte violento el activismo que alecciona, ese que nos dice huevonxs, pendejxs y apáticxs. Al menos yo no me burlo de quienes se quieran matrimoniar, de hecho (cursi como suelo... triunfo o fracaso de un sistema) admiro esos compromisos públicos, esos actos de visibilidad amorosa (por acuerdo estratégico o entera ridiculez), y no duden que me verán bailando en cuanto festejo me inviten, porque (en un esfuerzo muy bobo por hacer este texto circular) he de decir que me encantan las fiestas.

martes, 9 de junio de 2015

Licencia de conducir

Para ser un adulto legítimo hay que contar con ciertos “logros”, valorados de dicha manera por un sistema que establecerá sus cláusulas según la clase social. Yo, como clasemediera (asalariada), entro en el bloque de las exigencias sociales que miden el éxito y la madurez según acceda a diversos satisfactores económicos, o sea: según ciertas certidumbres (tener empleo y casa/depa, contar con un auto, seguro médico, sistema de cable, internet, aparatejos de hiperconectividad, presencia de redes virtuales… pues si uno no está presente no existe), y obtenga credenciales que -por ejemplo- me faculten la movilidad, entiéndase una visa para el cruce transfronterizo, una licencia de conducir. Pues bien, nunca había sacado licencia de conducir y ello se debía a varios factores: por un lado que no veía la necesidad pues no tenía carro, mis traslados eran en transporte público o de raite así que ¿para qué sacar licencia? Y por otro, porque honestamente me he considerado mala conductora. No obstante lo anterior, de un tiempo para acá he decidido ser un adulto (en su acepción social convencional capitalista) y me he aventurado a hacer algunas cosas que me aterran.

Estuve practicando conducir un auto que es tipo camioneta familiar, muy emocionada porque al menos recordé al instante que se usa solo un pie para ambos pedales y que el acelerador es el derecho y el freno el izquierdo. Me moví kilómetros con ese auto, de la casa hasta el trabajo, imaginándome un mundo donde no tuviera que viajar más en autobús ni andar oliendo diesel. Sin embargo, dadas las dimensiones del carro y las mías (diré que mi corporalidad es breve) no logramos acoplarnos del todo, especialmente en cuestión de vueltas en las esquinas. La verdad nunca practiqué estacionarme (ni de batería ni de cordón) y pese a ello me lancé a la Delegación Mariano Matamoros a tramitar mi licencia un miércoles cualquiera. Después de una fila de esas absurdas en que conforme pasan los ciudadanos a ser atendidos hay que recorrerse a la silla calientita y pedorreada del ciudadano contiguo, pasé con la señora-señorita que capturó mis datos y digitalizó mi firma, mi cara y mis pulgares. Enseguida hice el examen médico que consistió en sentarme silenciosa frente a un burócrata que ni me midió ni me pesó sino que confió en mi honestidad y el centímetro de más que le añadí a mi estatura y los kilos de menos que le resté a mi masa corporal. Hablé cuando me pidió leyera en el cartel de su pared, debajo de la línea roja, las letras L-E-F-O-D-P-C-T, con mis lentes puestos. Puso sello a documento y me despachó.

Hasta ahí todo bien, salvo por mi vejiga inflada de abundante pipí que estuve conteniendo durante la anterior hora para no perder turno. Pensé seguiría el examen teórico para el cual iba confiada en mi sentido común (teorías ingenuas, que le llaman), pero la mujer de la ventanilla me dijo que bajara a buscar al perito que me aplicaría el examen práctico. “Córrele, ya es tarde, a ver si no se ha ido”. Así la tramitología de nosotros los del capitalismo tardío, corriendo a buscar a sepaquién a decirle sepaqué, porque no entendemos nada, solo que las cosas se hacen así. Y yo con el vejigón a todo.

Di con el perito que estaba por recoger unos conitos del estacionamiento. Sujeto maloliente y asoleado, cabello revoltoso y polvoriento, con cierto aspecto suburbano, rasgos no grotescos pero expresión hastiada, camiseta sudada y Levi’s grasiento, como si viniera de echar mecánica. Le expliqué que haría el examen de conducir y entonces me dio unas indicaciones de “llena el formato este, trae el carro aquí, fírmale acá”. La actitud del hombre -como es de suponer dado su importante rango- arrogante, con ese aire de “te estoy haciendo un favor” y de (serán mis feminismos) “yo soy hombre y tú mujer, por lo que sé a priori que no conduces”. Bien, ahí voy en el camionetón hacia donde me dijo lo estacionara, lista para recibir las siguientes instrucciones y completar la misión, suponiendo yo seguiría un “me subo contigo, le damos la vuelta a la cuadra y te estacionas en cordón”. Vejiga punzante deseaba acabar con aquello pronto dispuesta a perdonar que el hedor del juzgador como copiloto impregnara el auto. Sin mirarme siquiera, lo siguiente que me dijo fue “vas a estacionarte en reversa entre este par de conos, sin atropellarlos ni salirte de las líneas, en tres movimientos y solo espejeando, no puedes girar el cuello”. ¡¿Qué?! ¿No tengo que salir del estacionamiento? Pero ¿qué clase de prueba de manejo es esta? ¿Sabe el tipo que conducir un auto implica ir hacia el frente? ¿sabe que solo cuando solicite licencia de camionero de carga tendré que maniobrar en tan absurdos movimientos? Sin posibilidad de diálogo (dado SU tiempo y mis evacuaciones) inicié la operación la cual primero ensayé a manera de mímica (moviendo los brazos en el aire para atinar cómo movería el volante) y enseguida ejecuté de manera fallida: hice los tres movimientos requeridos, en efecto, y cumplí también en eso de no girar el cuello, pero arrollé el conito izquierdo dado mi reverseo diagonal; ello hizo inmediatamente al harapiento levantarse para anular mi examen práctico con el dictamen de “vuelve en tres semanas, mija, ponte a practicar en un parking”. Idiota.

Frustrada, molesta, humillada me retiré como toda una perdedora sentenciada a la vida no-adulta, sentenciada a ser una menor de edad dependiente de los traslados de otros. Pero por fin oriné como si no hubiera mañana. Socialicé mi desdichada experiencia y hubo quienes me sugirieron el soborno, la mordida, el coqueteo, el guiño, la súplica y la dramaturgia para culminar el proceso, porque básicamente así es como funciona el mundo este que llamamos México. “El vato no es más que un pendejo”, me decían y pese a que coincidí con cada mentada de padre no pude eludir justificarle recordando lo ocurrido: me pidió hacer una maniobra y no la hice, punto. Shame on me.

Dispuesta a la reivindicación e indispuesta al castigo, volví a la semana siguiente fingiendo demencia, argumentando ante las autoridades de placasylicencias que el miércoles anterior no pude completar el trámite porque era hora de cerrar, negando haber reprobado el pinche examen con el neandertal aquel. Me creyeron y me permitieron continuar donde me quedé, lo cual fue un alivio momentáneo dado que en los siete días transcurridos nunca practiqué la mentada reverseada (la verdad no pensé que me fueran a dejar hacer el examen puesto que soy pésima mentirosa). Incrédula, nerviosa, sin vejiga estresada pero nuevamente con minutos contados (cierran a las 5 y ya eran ya las 4:50 pm), actualicé el papeleo y me lancé una vez más en busca del perito rezando para que fuera otro sujeto, uno con quien pudiera escribir una nueva y bella historia. Bajé las escaleras y ¡mierda, es el mismo!. El muy inútil, pese a la ninguneante falta de contacto visual, me recordó y cuestionó mi presencia, ante lo que invoqué a fuerzas superiores que me permitieron presentar el examen: Pues no sé, dijo la señora de la ventanilla que pasara acá. Además llevaba yo un arma oculta: 300 pesos en la bolsa del pantalón con los que (si me animaba) cometería mi primer acto de corrupción intentando sobornarlo (no me glorifico: soy torpe y no sé mentir, por ese motivo y otros más acaso de carácter moral tengo incapacidad para la corrupción y el engaño). De cualquier manera nada de lo que intentara esa tarde tendría efecto porque los minutos se habían cumplido y en el aparato burocrático no existe cosa más sagrada que la hora de salida. Me despacharon pero al menos conseguí la hoja que me facilitaría ir al día siguiente directo con el perito sin pasar por ventanillas ni tejer dudosas fábulas. Un paso más cerca, al parecer.

Retorné a la mañana, muy tempranito, decidida a dar fin a tanta vuelta aunque igualmente sin haber practicado la reverseada y (otra vez) pidiendo al cielo para que ahora sí fuera otro el fulano evaluador. Y es que no aprendo: cualquiera pensaría que eso de intentar lo mismo que ha fallado del mismo modo debería darme una lección. Debe ser cosa fenomenológica. Total que no supe si fue que Júpiter estaba alineado, que mi maquillaje fue ligero, que mi aliento más fresco, que las aves cantaban… pero el perito era otro individuo (¡alabado sea Alá!) ante cuyos ojos era yo una nuevajamásantesvista aplicante. Record limpio. Aunque lo que era igual era el maldito examen. Ni hablar: Carro puesto y dispuesto. Actitud de “yes we can”. Cinturón ajustado. Espejos alineados. Corazón latiendo en la garganta. Pupila dilatada. Labio reseco. Axilas rasbalosas. ¿Me puse desodorante? Ok, ok… debo empezar. Encendí el auto, metí reversa y comencé a retroceder muy lentamente en línea recta. Titubeante, cuando un tono naranja me alertó por el retrovisor derecho la aproximación al primero de los conitos, empecé a torcer el volante para ubicarme en dirección a la meta. Frente a mí unos trabajadores podaban una palmera y uno de ellos, entrado en el mitote de mi hazaña, alzó su pulgar en señal de “vas bien”. Mi confianza creció, al punto de sentirme lista para ejecutar el segundo de mis tres movimientos permitidos: ahora hacia enfrente girando el volante para el lado contrario. Despacio, despacio, desp-- ALTO. Todo bajo control. ¿Doy por finalizado mi segundo movimiento? ¿Ejecuto el tercero y final con el temor de no atinarle a las benditas líneas? ¿Le doy poquito más pa’ enfrente? Panic attack PANIC ATTACK!!!

Quedé paralizada. Como buscando una señal volteé a mis alrededores, encontrándome con el mismo jardinero despreocupado asintiendo con la cabeza. Continué en el paneo visual y topé con la señora de la ventanilla, mirándome inexpresiva desde su carro. Tal vez seguía dormida, no daban ni las ocho. Era yo el único auto aplicando examen práctico, no había otros ni siquiera en espera. El perito observábame como diciendo ‘apúrale que ya va a llegar el birriero’. Y yo sentíame como Tom Cruise en Eyes Wide Shut cuando le piden que se quite la máscara. No dejaré que me coja el miedo ni mucho menos el sistema. Avancé unos centímetros solo para (según yo) ampliar mi margen y cuando me sentí lo suficientemente confiada, decidí que era momento de finiquitar la faena. Tercero y último movimiento: reversa. Lento, lento, lento. Leve movimiento al volante. Lento, lento, lento. Tremenda sentí la proeza cuando tuve en los retrovisores laterales a ambos conitos en situación de no ser atropellados. Is this really happening? No muevas el volante, susurraban mis voces internas. Mi alegría fue tal que solo por alardear pisé con mayor fuerza el acelerador no contando con que justo en el trasero del carro se ubicaba un hidrante. ¡FRENO!. De golpe pero sin altercados. De esas veces que termina uno revotando en el asiento con el cuello irritado por el jalón del cinturón. Carro estacionado en posición y apagado, axilas sudadas hasta las costillas, labios grises de la resequedad, gastritis, cara de asombro pero actitud de “para mí esto es mero trámite, obvio que sé conducir”. Bajé del auto para recibir mi evaluación, la cual anunciaba un 94% de exactitud. Feliz felicísima subí con la aprobación del examen para culminar la odisea. Pagué, esperé y fui dichosa con la madurez legitimada en un carnet cuya foto no me favorece pero que ¡qué me importa!: desde esa fecha y durante los siguientes cinco años cuento con una credencial que dice que sí soy un adulto con capacidad para moverme por mí misma. Menos mal que en la licencia no se cuentan las veces del examen práctico ni se anuncian los porcentajes del proceso: en lo teórico, prueba que pensé resolver sin problema alguno, obtuve un vergonzante 71%.

lunes, 8 de junio de 2015

No votar

No, raza: a lxs que no votamos por hartazgo, flojera, enojo, repudio, inconformidad, indiferencia, incredulidad... o cualquiera de las razones posibles nos sigue teniendo sin cuidado esa simulación de participación ciudadana llamada elecciones. Y no: no nos sentimos responsables de que el país se pinte verde-azul-rojo-naranja-turquesa. Hacemos otras cosas, acaso como ustedes orgullosos sufragistas del pulgar marcado, como marchar, escribir, debatir, dar clases, informarnos e informar. Así que no sentimos que la ciudadanía se nos achique ni que el arrepentimiento anulista brote. Seguimos cansadxs, hartxs, molestxs, desepcionadxs del sistema, nos seguimos 'quejando' -porque la mirada reduccionista así explica al no alineado, como quejosx-, y seguimos en lo nuestro que es de todxs: trabajar, luchar, señalar, opinar, estudiar, organizar... no claudicar. El sistema político partidista es una más de las ficciones contra las que luchamos, porque la democracia NO es el fin último de las sociedades (el fin es la felicidad lo que requiere de equidad, derechos y justicia social), es solo uno más de los medios. Y si no sirve pues hay buscar otros.

domingo, 17 de mayo de 2015

Día del maestro y de la maestra

Es la primera vez que estás incluida en el festejo familiar del Día del Maestro, no porque antes no te invitaran sino porque es la primera vez que eres una más de las personas festejadas: debutaste en las aulas en agosto pasado, días antes de presentar tu examen de grado como Maestra en Estudios Culturales. Todos los años han celebrado a tu papá, profesor jubilado con trayectoria tanto a nivel de educación primaria como normalista. También a tus cuatro hermanos, quienes sin necesariamente asumirlo como el camino profesional que habría de continuarse por herencia intelectual, han estado frente a grupo desde hace muchos años, algunos –pese a su juventud– por más de veinte. Tú te estrenaste hace menos del año como profesora de asignatura en la universidad autónoma, con clases que dada tu formación académica son completamente teóricas, lo que se manifiesta en constantes luchas con los estudiantes quienes por aspirar a ser arquitectos y diseñadores hubieron creído eludir la lectura, el análisis, el pensamiento crítico articulado en ensayos, las complejas redacciones. Llegas a la casa de tus padres con tu novia, quien también es maestra, y su sobrina, nena de seis años que se te enrosca en exigencia de amor materno… amor que estás dispuesta a descubrir con ella. Como arribaron a la cita temprano, las tres se sientan en la sala bohemia de tus padres a ponerse al día con la vida y los debates. La casa luce tranquila, como de costumbre; es amplia, de un solo piso (aunque con sus desniveles) y alto techo de madera que en tiempos de lluvia captura la sonoridad de todas las gotas agrupadas. Muchos óleos, retratos a tu madre, obsequios de artistas, algunas esculturas que dejan ver la forma del árbol del que fueron creadas, varios ventanales por los que se asoman un par de aletargados perros orejones color sepia. Afuera, los encinos y una pila de cadáveres vinícolas: botellas bebidas en su totalidad, vestigios de tantas tertulias. Tu padre, con libro en mano, platica que ha pensado mucho en ti pues está leyendo el único material de Hannah Arendt que le faltaba: la educación como acontecimiento ético que ha de contemplar la natalidad, la narración y la hospitalidad. Enseguida vienen las loas a tu madre pues Hannah habla de la poética y la enseñanza, así que en el marco del Día del Maestro, los reconocimientos son además para ella porque ha dedicado su vida a la poesía, se ha compartido en ella y en los hijos. Tú solo has leído de Hannah ‘Sobre la violencia’, pero sabes de sus postulados acerca de la maldad y la obediencia así que comentas lo que conoces, con la modestia de quien desea aprender pero con la confianza de los diálogos históricos entablados con quienes te dieron la vida. Empiezan a llegar tus hermanas y sus familias y parejas. Los saludos y las felicitaciones son la antesala de los brindis porque esta fecha coincide con el cumpleaños del sobrino adolescente. Motivos sobran para celebrar. Tu mamá toma la palabra para reconocer a los profesores presentes y narrar el recorrido docente de tu padre ante la escucha atenta y el orgullo activo de todos en la mesa. Ambos, padre y madre, han luchado por espacios que hoy muchos gozan: espacios académicos-laborales en concreto, como la creación de algún sindicato universitario para proteger los derechos de los trabajadores de la “máxima casa de estudios”. Aprovechas para decirle a tu cuñado que el ex-rector, becario de cuando tu madre era administrativa en la universidad, le manda saludar ahora que sabe que tú y él van a emparentarse. Las horas transcurren entre tostadas de ceviche, alguna cerveza, los planes de la boda de tu hermana -en edad la más cercana- y el doctor matemático (un maestro más a la familia), proyectos deportivos y dietéticos para lucir sensacionales en dicha ocasión (tu novia y tú tendrán un papel estelar en la tan esperada boda), bromas, recuerdos, anécdotas, y juegos infantiles que consisten en coleccionar flores de distintos colores tomadas de las bugambilias laterales, con previo permiso y agradecimiento a las plantas del jardín. La tarde no podría ser mejor, el día… la vida en general. Faltaron dos de tus hermanos (y con ellos, sus familias) pero sabes que los encuentros futuros permitirán nuevos abrazos, nuevas charlas, nuevas risas, mismo y crecido amor. Dejas el puerto colmada de tranquilidad. Reiteras el origen de tu andar y el rumbo trazado. No te desaniman los estudiantes ociosos, que los hay, ni la torre de trabajos por revisar que espera en la casa que compartes con tu novia. Tal vez, como explican los estructuralistas, las biografías son justo la confirmación de una serie de disposiciones sociales que conducen a ser como se es. Tus amores, tus deseos, tus alegrías son la concreción de un prediseño social… que nunca programación. Eres quien eres porque vienes de donde vienes, y vienes de ahí porque ellos son como son. No pretendes entenderlo. Solo sabes que eres feliz.

martes, 20 de enero de 2015

Cuerpo libre

La mejor adquisición de mi más reciente visita a La Villa (es decir: al sobrerruedas de la colonia Francisco Villa) fue una minifalda de lentejuelas. Me costó tan solo veinte pesos, lo que me dejó margen para adquirir unos ajuares collarescos, también muy económicos, e incluso un labial (nuevo, por supuesto) súper dark. Hace mucho que no iba a chacharear, qué bien se siente ¡caray!

Debo hacer un artículo. Lo he estado postergando bajo el argumento de que de la maestría para acá no he descansado y el tiempo que me queda libre después de trabajar pues DEBO destinarlo a eso: a descansar. Temo estarme volviendo ociosa, intelectual-académicamente hablando. La verdad es que me inhibe eso de escribir para comités dictaminadores, porque lo que ocurre cuando “me decido” a empezar el artículo es que me pongo a leer los otros artículos de otros autores que ya han sido publicados en números anteriores de la revista a la que quiero aplicar y me clavo y solo leo y me traumo y no escribo.

Lo de ser profesora ha resultado muy bien, llevo tan solo un semestre en eso y puedo decir que me gusta mucho: no lo sentí cansado como hube anticipado (erróneamente) sino que hasta puedo decir que lo disfruto. Aunque hay historias trágicas de las que una se entera, como alumnos cuyos padres fallecen, madres solteras, situaciones de precariedad, discriminaciones por identidad sexual o alumnos (incluso) desaparecidos. En esta primera experiencia ya ocurrió eso: se dio el aviso de que estaba desaparecido un estudiante que conmigo cursaba Métodos de Investigación Documental. No era muy brillante, más bien era flojo, pero la onda es que estas cosas ocurren y una no puede más que imaginar los posibles desenlaces… que viviendo en un país como éste pues no son muy esperanzadores. Hace unos días tiré a la basura cantidad de trabajos de los estudiantes para hacer espacio en algo que en casa le llamamos “el estudio”, y al toparme con los trabajos de Aldo (el nombre del estudiante desaparecido) no pude más que guardarlos.

Participé en una manifestación simbólica (demasiado simbólica, si me lo preguntan) con relación al matrimonio igualitario porque acá en Baja California un alcalde ya se andaba pasando por los huevos las disposiciones federales y de la Suprema Corte sobre la no discriminación y el derecho al matrimonio para todo par de contrayentes, así sean éstos del mismo sexo. Fui como ciudadana que lee la convocatoria, hace un cartel y se presenta. No fui con organismo civil alguno ni colectivo ni pretendiendo “representar” a comunidad ninguna. Y –pese a que el discurso de algunos convocantes gira en torno al concepto “inclusión”– fue una onda bastante excluyente: los organizadores se tomaron una foto, declararon únicamente ante las cámaras de la prensa, y se marcharon sin pronunciamiento alguno tipo “estamos aquí reunidos en exigencia al derecho civil blablablá…”. Nada. Pero cosa linda: llegaron unos conocidos, charlamos sobre lo indignante del asunto este de la homofobia institucional e institucionalizada, y hasta salimos en una nota local pues como los organizadores se retiraron del lugar velozmente fuimos los únicos “manifestantes” que registró la prensa que acudió impuntual. En los comentarios de la prensa algunos lectores nos tachan de “machorras y jotos”, lo cual es tan predecible como cómico. Mi cartel brillaba diciendo: CUERPOS LIBRES.

He vuelto a conducir. De hecho tengo carro. Esto es una novedad para el mundo y para mí. En mi anterior paradigma (así le llamo a mi anterior vida, en la que pasé doce años creyéndome inútil para valerme por mí misma) manejar era algo impensable, mucho menos poseer un auto. Ahora no veo el momento para que me vuele la greña recorriendo la carretera esa hermosa que va de Tijuana a Ensenada... y otras carreteras más. Es que el carro está hermoseándose en un taller y todavía no lo tengo conmigo. Pero el día para ello está muy próximo.

Es increíble cómo una se va contando historias a sí misma y se las cree por completo. Como eso: que era yo una inútil y que así, además, era feliz. Honestamente había en mi vida mucho temor y mucha vergüenza y por ello me era imposible moverme. Pero ya iré a terapia, no es acá mi desahogo psicoanalítico… o tal vez sí un poco. Ha cambiado la forma de ver el mundo que no es poca cosa, la forma de verme a mí, de concebir mi cuerpo, los cuerpos, mis prácticas, las ajenas. Ha cambiado todo. La mejor parte es que se ha ido el miedo: el miedo a ser, a decir, a estar. Aunque no dejo de tener regresiones de esa vida que no era vida, y no dejo de pensar en las cientos (miles) de vidas que no son vida por creerse la historia esa de que sufrir es parte obligada de nuestra existencia en este mundo. Historias mujeriles, sobre todo. Tienes que aguantar, tienes que callarte, tienes que ser dócil, tienes que estar quieta, tienes que ser silente e invisible porque de eso se trata ser decorosa. Y deja de llorar, pinche dramática. Tremendo esquema, tremendo sistema que se reproduce al parecer interminablemente. Trato de entenderlo estructuralmente y ello me da cierta calma, sin embargo de vez en vez me asalta la recriminación del ¿por qué viví así? ¿por qué me permití ser esa? Y no: no caigo en la el azote de culpar. Este proceso (que alguna vez llamé exorcismo) tiene que ver con mi relación conmigo.

Total que tenía que hacer un artículo con temática distinta (enésima vez que me siento a empezarlo) y ya me desvié por otros asuntos. Es que, según las mentalidades decimonónicas, soy una desviada.

Seguiré protestando, no me desaniman los protagonismos ni las falsas consignas.

sábado, 8 de noviembre de 2014

¿Que por qué sí es crimen de Estado?

Dejen les explico:

Cuando un Estado es incapaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado está coludido con grupos delictivos, tiene nexos con asesinos-secuestradores-extorsionadores, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado cuenta en su estructura con entidades y sujetos que violan derechos humanos y civiles, que violentan a la población, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado hace nada por encontrar a sus desaparecidos porque además los desaparece, es cómplice y es partícipe.

Cuando un Estado solo simula, exhibe chivos expiatorios y destina grandes presupuestos para crear comisiones que resolverán nada en beneficio de la ciudadanía, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado aplica "todo el peso de la ley" a los grupos más vulnerables, a los activistas, periodistas y estudiantes, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado solo da respuestas (aunque no sean tales) ante la presión social porque de otra manera guarda silencio, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado hace uso de los medios de comunicación masiva para persuadir, distraer y desviar la atención, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado no resuelve el asesinato sistemático que se comete contra mujeres, es cómplice y partícipe.

Cuando en un Estado no hay procuración de justicia, es cómplice y partícipe.

Cuando un Estado delega responsabilidades a segundos cargos porque el mandatario (el presidente del país) anda de gira internacional en uno de los momentos más críticos, es cómplice y partícipe.

Y cuando un Estado reúne todo lo anterior en una sola nación, en un solo sistema, no solo es cómplice y partícipe sino que es autor, autor de los crímenes. Por eso ES crimen de Estado.

‪#‎FueElEstado‬

lunes, 3 de noviembre de 2014

México en estado sitio: policía = terrorismo


Hoy, que es un día como cualquiera, -mientras un par de patrullas municipales nos rebasaban (ya saben: con todo su despliegue de urgencia en actitud de "muévanse, la ciudad nos pertenece") y otras tantas circulaban en convoy por el carril contrario en posición de ataque (exhibiendo esas tremendas armas que se instalan en el techo de la patrulla-pickup, custodiadas por hombres encapuchados)- llegué a la brillante conclusión de que el verdadero terrorismo son ellos, los y las policías (los y las militares). ¿Quién se siente seguro si se acerca una patrulla, si te pide que de orilles, si te pone las sirenas, si te sigue? ¿Quién siente alivio de ver o de pasar por un retén? Es decir: vivimos aterrorizados ante estas figuras empoderadas, violentas, de rostros ocultos y además armadas, porque sabemos que si quieren nos agreden, nos encierran, nos extorsionan, nos inculpan, nos despojan, nos matan. Encima de todo nos sabemos carentes de recursos para evitarlo, así conozcamos perfectamente nuestros derechos. ¿Cuál "patrullando por tu seguridad"? ¿Cuál "manteniendo el orden"? Todos somos vulnerables porque ante su mirada todos somos sospechosos. "Circulaba en actitud sospechosa", "caminaba en actitud sospechosa" son argumentos suficientes para cometer cualquier cantidad de atropellos. Te tenemos miedo: policía; y claro que vamos a dejar de actuar con naturalidad si nos acosas, si nos observas, si nos cuestionas, si nos tocas, si nos revisas, si nos violentas. Estamos sitiados. Así se vive en este país. Al menos así se vive en esta esquina.

Por la normalización de lo anormal


-Profe : ¿tiene novio, esposo...?
-Tengo novia.
-Ah.

-Maestra: ¿con quién va a ir a la posada?
-Con otra maestra de aquí.
-Ah, yo pensé que iría con su marido o con "la pareja ideal".
-Pues más o menos.
-O_o

Mi novia y yo justo pensábamos anoche que nosotras estamos por la normalización de lo "anormal" (lo gay-queer...) simplemente siendo visibles. Es decir: "tradicionalmente" lo gay se ha ocultado y nosotras, al no hacerlo, contribuimos a la construcción de un discurso (y una noción de la realidad) contra-hegemónica, que propone otras formas de ver-entender las relaciones sexo-amorosas. Y bueno, ello sin echar mano ni de exhibicionismos ni de un activismo-confrontativo de tipo "esto es lo correcto y el resto está mal". Pero luego resulta que el no-ocultamiento se toma (por las mentes conservadoras-censoras, claro) como un "restregarlo en la cara" y pues no, la cosa es más tranquila: el espacio, la ciudad, las prácticas, las manifestaciones de afecto, el amor en público, el amor en el discurso... no son privilegio de una identidad sexual por sobre otras. Y al normalizarlo pues irrumpe y se confunde con lo otro: "me estás imponiendo tu modo de vida". Y se trata justo de lo opuesto, se trata de un ejercicio incluyente de las libertades y los derechos, que (dado el estado de homofobia y el modelo heteronormativo) califica como una "resistencia" o, bien, "disidencia". Y, bueno, entonces lo asumimos como tal.

PD: A mí no me gusta hablar en le. Me causa gracia y cierta flojera eso de mi pareja, mi relación, mi cónyuge... Tengo novia, concubina, y no me pienso editar. Why should I? Why should anyone?

viernes, 17 de octubre de 2014

Solo porque somos personas

Estudiantes de México, principalmente de las universidades autónomas, convocaron a un paro en exigencia de respuesta por parte de las autoridades (del Estado mexicano) con relación a los 43 normalistas desaparecidos en Guerrero. Que desaparezcan a jóvenes estudiantes (que son hijos de alguien, son hermanos de alguien, son pareja de alguien...) no es cosa menor, y que esto ocurra en el sur no es motivo para desde el norte ser indiferentes. Esta iniciativa que desde la comunidad universitaria de la UNAM replicó en otros espacios escolares, en algunos casos apoyados por los propios docentes y directivos... poco ha impactado acá. De por sí hay una cosa llamada desmovilización que caracteriza al ciudadano bajacaliforniano, es decir, pocas causas unen las indignaciones, y bueno, hubo una muestra de ello desde la UABC, institución que ante el llamado nacional de indignación mandó un comunicado a sus estudiantes (la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales, siendo precisos) para “aclarar” que en la universidad se dice NO al paro, dejando con esto una postura muy clara, alineada a un discurso oficial que busca minimizar e invisibilizar la violación de derechos humanos, los crímenes de Estado. Pregunté a estudiantes de Antropología qué está pasando en México. ¿Saben cuál fue la respuesta? “Pandemia”. Una vez más (no es novedoso) los medios de comunicación -como aparato reproductor de ficciones- son empleados por los intereses de un sistema para desviar la atención. Del Chupacabras al H1N1... y ahora el ébola. Temamos todos de las amenazas desconocidas y virales, no de que nos asesinen por alzar la voz en reclamo de justicia, de derechos. Les hablé a los estudiantes del tema México como Estado represor, Estado genocida, Estado feminicida y les aclaré que no se trata de una postura ideológica, sino que es cosa de revisar la historia (Tlatelolco, Halconazo, EZLN, Atenco, Ecatepec, Ciudad Juárez, Ayotzinapa...) y entonces les nombré algunos genocidios. Al final, claro, escuchamos a Gabino Palomares y les hablé de la canción de protesta como género musical (que marca también una época) y como recurso de lucha, de los activismos, para despertar conciencias, para narrar lo que las voces dominantes silencian, para [re]construir la historia desde la tradición oral, desde el testimonio, desde los sin-voz. Les mencioné también a Víctor Jara y Violeta Parra como ejemplos de este canto en América Latina. Les expliqué la importancia de la solidaridad y de las manifestaciones como actos simbólicos, actos de visibilización de inconformidades, de injusticias; hablé de la manipulación mediática para distraer y conducir nuestra visión del mundo; y de cómo -ante la frustración- la violencia es un recurso (como en Guerrero ahora y el Palacio de gobierno en llamas). Por algún lado se tiene que empezar y si las universidades (algunas de ellas) quieren estudiantes acríticos, aborregados, que no cuestionen, que no reclamen, temerosos y desmemoriados... bueno, muchxs maestrxs haremos la contraparte. No por sentirnos revolucionarios poseedores del discurso incendiario que siembra la semilla de la desobediencia y la subversión. No va por ahí la cosa. Haremos la contraparte solo porque somos personas.

calcetín

Llego al aula A32 con el grupo 505. Son las 8 con 5 minutos A.M. Estoy lista para dos horas de clase. Ahí me encuentro frente a 36 alumnos; de mis grupos, el más numeroso. Son aspirantes a ingenieros, apenas cursan su primer semestre y –como tal– aún no está definido su perfil profesional. Es que en esta Facultad se ofrecen como diez ingenierías y pues en la etapa denominada Tronco Común se les agrupa para que compartan nociones generales de ese campo. Ingeniería en Energías Renovables, Bioingeniería, Mecatrónica, Mecánica, Eléctrica, Electrónica, Aeroespacial, en Sistemas (computacionales, supongo), Civil e Industrial (éstas dos, por antiguas acaso, las menos populares). En esta ocasión vengo bien preparada, lista para que centren su atención en los contenidos de la clase sin distracciones. Ya en alguna otra sesión los distraje con mi blusa abierta. En fin: empiezo a acumular historias de poca heroicidad docente. Lo primero que hago este día, como cada sesión, es sacar de mi bolsa carga-libros unos folders manila donde traigo las listas de asistencia y algunos trabajos revisados que les voy a devolver. Me instalo en el escritorio en lo que los estudiantes se ubican en sus asientos. De pronto, una alumna hace notar la presencia de un calcetín. La prenda está en el suelo junto a mi escritorio. Es café con líneas punteadas amarillas que se intersectan formando rombos. La verdad, ese calcetín solitario se me hace conocido… pero estoy segura que mío no es. Bastante risueños, otros estudiantes comentan la extraña aparición. ¿De quién es? ¿Quién lo trajo? Y (aún más intrigante) ¿quién lo dejó? Es decir: ¿cómo alguien olvida un calcetín en la escuela? Restándole importancia al misterio (al menos en apariencia), imparto lo previsto para esa sesión. La asignatura (o “unidad de aprendizaje”, como le llama ahora el sistema educativo) se denomina Comunicación oral y escrita, de manera que estamos revisando estrategias para hablar en público y para manejo de audiencias difíciles. Ellos exponen y yo sigo pensando en ese calcetín, al que volteo a ver con disimulo de vez en vez. Parece limpio. O sea: no se le ve que haya llegado por arrastre. Culmina la clase. Me paro junto al mencionado hallazgo tratando de clarificar su identidad. ¿Nos hemos visto antes? Nuevamente la alumna que lo señaló al inicio me pregunta “¿pero de quién es? ¿qué hace aquí?” ante lo cual –como si en lugar de desconcierto me causara gracia– río y exclamo “¡qué cosa más rara!”. Reúno mis cosas y salgo del salón, archivando tal evento en un recóndito lugar de mi memoria, porque no es sino hasta una semana después que pregunto a mi novia: “oye, beibi, ¿tú no tienes unos calcetines cafés con líneas amarillitas como en rombo?”. Tremendo mi pasmo cuando la respuesta se precipita contundente y en singular: “¡Sí, ¿dónde está?! Lo ando buscando”. ¡Oh, mi Dior! Seguro estaba en mi bolsa carga-libros y al sacar los folders salió volando. Ahora bien, ¿cómo llegó a mi bolso? Bueno, tal vez ésa sea una incógnita con la que tendremos que vivir todos.

sábado, 4 de octubre de 2014

Soy maestra en una nueva ciudad

Pues lo logré: egresé de la maestría, que sin duda fue una cosa exhaustiva (no solo por lo que implicó en términos escolares sino por todo lo que ocurrió durante ese periodo: algún divorcio, alguna salida del clóset, alguna muerte, algún inicio de concubinato…). Así que ahora soy maestra porque alcancé dicho grado de escolaridad y porque además imparto clases. Trabajo en un plantel de la universidad autónoma que es nuevo y lejano. Hago una hora de trayecto (ida o vuelta) en transporte público y ello me ha permitido conocer y reconocer la ciudad donde vivo. Mi tesis tuvo tema urbano porque mi fascinación por la ciudad (ciudad como materialidad de prácticas y relaciones sociales, ubicación cualquiera) ha estado activada acaso desde niña (vivir en el DF creo que no fue poca cosa) y reafirmada con la vagancia y la nocturnidad de la vida “adulta” en esta frontera. Y veo que la otra orilla de Tijuana, la que no da al mar sino al desierto, construye (al menos en mí) una nueva idea de ciudad que lejos de ser estéticamente continua y monocromática, es polvorosa con cierto verdor, huele a estiércol y maquilas, a vientos de Santana, a reptiles, a carreteras maltrechas, a fraccionamientos in the middle of nowhere (pero con Oxxos), a presas naturales y montañas, a promesas gubernamentales de desarrollos sustentables… Es una ciudad caótica, con autobuses que desbordan los cuerpos de sus pasajeros por las ventanas, una ciudad con exigencias urbanas en entornos rurales, una ciudad emergente y urgente. El plantel donde imparto clases está junto a un fraccionamiento fantasma que poco a poco (por la cercanía con la universidad y la lejanía con todo lo demás) se empieza a poblar por estudiantes. Eso les permite cruzar parte del desierto a pie o en bicicleta para llegar a tomar sus clases y evitarse así las horas del trayecto (horas muertas) que implicaría llegar en auto o camión desde sus domicilios originales (de Tijuana, Tecate, Rosarito o La Misión). En ese plantel la universidad tiene dos facultades: uno de diseño-arquitectura-ingenierías, y otro de medicina-enfermería-odontología-psicología, y la matrícula es elevada. Los estudiantes, al estar confinados a un espacio inaccesible, llegan con mucho esfuerzo y llegan (todo aparenta) a aprender (¿romatizo?). Es decir: no hay más que hacer ahí, no hay en qué ni cómo perder el tiempo. Tengo siete grupos que en total suman poco más de 200 alumnos.
 
Presenté mi examen de grado el 28 de agosto. Fue un jueves. Pero había ya entrado a laborar desde el 18, así que no tuve (no he tenido) vacaciones. El día de la defensa de mi tesis vestí hermoso y solemne atuendo que mi novia me trajo del otro lado. Azul marino. Cabello en una cola. Acudió toda mi familia (excepto mi hermano mayor, que como ahora es director de una secundaria pues tuvo compromisos ineludibles), algunos amigos de la maestría y mi comité de tesis (director y lectores; bueno, mi lectora externa, Señora Eminencia en Sociología Urbana, se conectó desde la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, en el DF). Entraron también compañeros de otras maestrías, profesores y administrativos. Sala llena, vaya. El momento transcurrió extraño, es decir: llevé mi guion, mi presentación, mis tesis en libros y en CDs; pero no es como que tuviera la cosa demasiado ensayada y (aun ahora, sin el estrés del momento) recuerdo con irrealidad onírica aquella cita, “rito de paso” que le llaman. Dicen que fui coherente, una de mis hermanas comentó al final “¿de dónde te salieron tantas palabras?” y una compañera me calificó de “rifada”. Total que yo no sé qué dije ni cómo lo dije, pero no solo mi comité me exhortó enfáticamente a que publique sino que al final me postularon a la Mención Honorífica (la cual aún no se otorga, pues fuimos varios los brillantes postulados de la generación). Es que la neta amé (amo) mi tesis. Antes de entrar a la maestría me dijeron –otros jóvenes ya maestros por importantes instituciones– que acabaría mi vida social, mi salud (física y mental), que sufriría. Y, bueno, no diré que todo fue gozoso, lo que sí es que pese a los estreses (y el punto óseo al que éstos me condujeron, la contractura muscular y el vértigo) desarrollé un amor genuino por aquello que investigué, por la orientación profesoril, por la amistad tejida en el trayecto. Y amé y amo cada capítulo de la tesis: es mi bebé (clichezaso, lo sé). Será que durante la maestría tomé otras importantes decisiones, será que me permití ser yo, será que el tema y yo nos mantuvimos en estado constante de seducción… Al final, parí al llegar a las 160 páginas. En mi examen estuvieron mi madre y mi novia por primera vez en situación suegril-nueril (¿o mi novia es su yerna? Aquí nadie pretende ser hombre, aclaro) y eso añadió ansiedad a un evento de por sí ansioso, pero diré que ambas se portaron muy bien (no que pensara que alguna fuera a ser grosera) y ya hasta son amigas de feisbuk. La reconfiguración personal ha impactado (sin duda) en todos a quienes quiero y me quieren. No debe ser sencillo renunciar al proyecto heteropatriarcal.

En la universidad donde ahora imparto clases (de Métodos de investigación documental, de Antropología e historia regional, y de Comunicación oral y escrita) hay cierta resistencia a lo teórico: lus muchachus (en “u” porque defiendo a la última vocal como incluyente y asexuada) quieren construir cosas, dibujar, cortar y pegar, trazar. Entonces redactar ensayos, o argumentar si quiera, les parece innecesario. Les explico que pueden tener grandes ideas para aportar al mundo pero si éstas no las pueden comunicar de manera coherente equivalen a que no existan, que construir o diseñar no pueden ser solo caprichos, que es importante sustentar aquello que creamos (de crear, no creer… aunque tal vez también). Nunca había dado clases. Todus mis hermanus, mi padre y en algunos momentos mi madre han entregado su vida a la docencia. También mi novia. Y para mí esto es una novedad. Allá, en ese plantel (en esa nueva ciudad urbana, suburbana y enteramente rural), el clima es extremoso y el paisaje increíble. E historias hay todas: grandiosas y terribles, fresas y precarias, más estas últimas. En términos laborales siento que todo fluye, obviamente la parte administrativa-institucional la cuestiono (si no es que al sistema entero de la educación pública en México y esa idea absurda que le quieren vender a los estudiantes de que el Estado les está haciendo un favor al construirles universidades), pero lo que concierne al aula lo estoy disfrutando mucho, seré honesta. Performar cada día es bonito (performar en el sentido de que hay demasiada consciencia detrás de cada palabra dicha, cada atuendo portado, cada interacción, cada movimiento corporal). Es muy chistoso que en el autobús algún estudiante me diga “¿acabas de entrar?”, y al responder “sí, a dar clases” la formalidad se les active y rectifiquen “¡ah, es usted maestra!”. Cuerpos y lenguaje disciplinados: háblale de ‘usted’ a tus maestros, es lo correcto.

Ser adulta no es sencillo (azote aparte: no has triunfado, capitalismo. Sigo teniendo espíritu). Quisiera más oportunidad para el ocio, la fiesta y los excesos (amor incluido), definitivamente. Más dinero para los viajes, más tatuajes, más tiempo para perder el tiempo. But this is just the beginning y honestamente sospecho que el tiempo va más rápido estos días, que los minutos vuelan, que no es que no sepa administrarme sino que el mundo ya no gira a las 24 horas sino mucho más veloz. Por eso la ausencia de letras acá y acullá. El tiempo para construirme y reconstruirme ha requerido de cada segundo posible en los últimos dos años. Y el resultado, la verdad, me está gustando. Hoy termino de calificar a los 200 alumnos en su primer parcial y a la noche salgo con la novia y los amigos (esos que sobrevivieron a la maestría quedándose en Tijuana) al concierto de Los Ángeles Azules. Salgo a vivir otra de las ciudades que existen dentro de la misma ciudad. Could it be more perfect?