sábado, 4 de octubre de 2014

Soy maestra en una nueva ciudad

Pues lo logré: egresé de la maestría, que sin duda fue una cosa exhaustiva (no solo por lo que implicó en términos escolares sino por todo lo que ocurrió durante ese periodo: algún divorcio, alguna salida del clóset, alguna muerte, algún inicio de concubinato…). Así que ahora soy maestra porque alcancé dicho grado de escolaridad y porque además imparto clases. Trabajo en un plantel de la universidad autónoma que es nuevo y lejano. Hago una hora de trayecto (ida o vuelta) en transporte público y ello me ha permitido conocer y reconocer la ciudad donde vivo. Mi tesis tuvo tema urbano porque mi fascinación por la ciudad (ciudad como materialidad de prácticas y relaciones sociales, ubicación cualquiera) ha estado activada acaso desde niña (vivir en el DF creo que no fue poca cosa) y reafirmada con la vagancia y la nocturnidad de la vida “adulta” en esta frontera. Y veo que la otra orilla de Tijuana, la que no da al mar sino al desierto, construye (al menos en mí) una nueva idea de ciudad que lejos de ser estéticamente continua y monocromática, es polvorosa con cierto verdor, huele a estiércol y maquilas, a vientos de Santana, a reptiles, a carreteras maltrechas, a fraccionamientos in the middle of nowhere (pero con Oxxos), a presas naturales y montañas, a promesas gubernamentales de desarrollos sustentables… Es una ciudad caótica, con autobuses que desbordan los cuerpos de sus pasajeros por las ventanas, una ciudad con exigencias urbanas en entornos rurales, una ciudad emergente y urgente. El plantel donde imparto clases está junto a un fraccionamiento fantasma que poco a poco (por la cercanía con la universidad y la lejanía con todo lo demás) se empieza a poblar por estudiantes. Eso les permite cruzar parte del desierto a pie o en bicicleta para llegar a tomar sus clases y evitarse así las horas del trayecto (horas muertas) que implicaría llegar en auto o camión desde sus domicilios originales (de Tijuana, Tecate, Rosarito o La Misión). En ese plantel la universidad tiene dos facultades: uno de diseño-arquitectura-ingenierías, y otro de medicina-enfermería-odontología-psicología, y la matrícula es elevada. Los estudiantes, al estar confinados a un espacio inaccesible, llegan con mucho esfuerzo y llegan (todo aparenta) a aprender (¿romatizo?). Es decir: no hay más que hacer ahí, no hay en qué ni cómo perder el tiempo. Tengo siete grupos que en total suman poco más de 200 alumnos.
 
Presenté mi examen de grado el 28 de agosto. Fue un jueves. Pero había ya entrado a laborar desde el 18, así que no tuve (no he tenido) vacaciones. El día de la defensa de mi tesis vestí hermoso y solemne atuendo que mi novia me trajo del otro lado. Azul marino. Cabello en una cola. Acudió toda mi familia (excepto mi hermano mayor, que como ahora es director de una secundaria pues tuvo compromisos ineludibles), algunos amigos de la maestría y mi comité de tesis (director y lectores; bueno, mi lectora externa, Señora Eminencia en Sociología Urbana, se conectó desde la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa, en el DF). Entraron también compañeros de otras maestrías, profesores y administrativos. Sala llena, vaya. El momento transcurrió extraño, es decir: llevé mi guion, mi presentación, mis tesis en libros y en CDs; pero no es como que tuviera la cosa demasiado ensayada y (aun ahora, sin el estrés del momento) recuerdo con irrealidad onírica aquella cita, “rito de paso” que le llaman. Dicen que fui coherente, una de mis hermanas comentó al final “¿de dónde te salieron tantas palabras?” y una compañera me calificó de “rifada”. Total que yo no sé qué dije ni cómo lo dije, pero no solo mi comité me exhortó enfáticamente a que publique sino que al final me postularon a la Mención Honorífica (la cual aún no se otorga, pues fuimos varios los brillantes postulados de la generación). Es que la neta amé (amo) mi tesis. Antes de entrar a la maestría me dijeron –otros jóvenes ya maestros por importantes instituciones– que acabaría mi vida social, mi salud (física y mental), que sufriría. Y, bueno, no diré que todo fue gozoso, lo que sí es que pese a los estreses (y el punto óseo al que éstos me condujeron, la contractura muscular y el vértigo) desarrollé un amor genuino por aquello que investigué, por la orientación profesoril, por la amistad tejida en el trayecto. Y amé y amo cada capítulo de la tesis: es mi bebé (clichezaso, lo sé). Será que durante la maestría tomé otras importantes decisiones, será que me permití ser yo, será que el tema y yo nos mantuvimos en estado constante de seducción… Al final, parí al llegar a las 160 páginas. En mi examen estuvieron mi madre y mi novia por primera vez en situación suegril-nueril (¿o mi novia es su yerna? Aquí nadie pretende ser hombre, aclaro) y eso añadió ansiedad a un evento de por sí ansioso, pero diré que ambas se portaron muy bien (no que pensara que alguna fuera a ser grosera) y ya hasta son amigas de feisbuk. La reconfiguración personal ha impactado (sin duda) en todos a quienes quiero y me quieren. No debe ser sencillo renunciar al proyecto heteropatriarcal.

En la universidad donde ahora imparto clases (de Métodos de investigación documental, de Antropología e historia regional, y de Comunicación oral y escrita) hay cierta resistencia a lo teórico: lus muchachus (en “u” porque defiendo a la última vocal como incluyente y asexuada) quieren construir cosas, dibujar, cortar y pegar, trazar. Entonces redactar ensayos, o argumentar si quiera, les parece innecesario. Les explico que pueden tener grandes ideas para aportar al mundo pero si éstas no las pueden comunicar de manera coherente equivalen a que no existan, que construir o diseñar no pueden ser solo caprichos, que es importante sustentar aquello que creamos (de crear, no creer… aunque tal vez también). Nunca había dado clases. Todus mis hermanus, mi padre y en algunos momentos mi madre han entregado su vida a la docencia. También mi novia. Y para mí esto es una novedad. Allá, en ese plantel (en esa nueva ciudad urbana, suburbana y enteramente rural), el clima es extremoso y el paisaje increíble. E historias hay todas: grandiosas y terribles, fresas y precarias, más estas últimas. En términos laborales siento que todo fluye, obviamente la parte administrativa-institucional la cuestiono (si no es que al sistema entero de la educación pública en México y esa idea absurda que le quieren vender a los estudiantes de que el Estado les está haciendo un favor al construirles universidades), pero lo que concierne al aula lo estoy disfrutando mucho, seré honesta. Performar cada día es bonito (performar en el sentido de que hay demasiada consciencia detrás de cada palabra dicha, cada atuendo portado, cada interacción, cada movimiento corporal). Es muy chistoso que en el autobús algún estudiante me diga “¿acabas de entrar?”, y al responder “sí, a dar clases” la formalidad se les active y rectifiquen “¡ah, es usted maestra!”. Cuerpos y lenguaje disciplinados: háblale de ‘usted’ a tus maestros, es lo correcto.

Ser adulta no es sencillo (azote aparte: no has triunfado, capitalismo. Sigo teniendo espíritu). Quisiera más oportunidad para el ocio, la fiesta y los excesos (amor incluido), definitivamente. Más dinero para los viajes, más tatuajes, más tiempo para perder el tiempo. But this is just the beginning y honestamente sospecho que el tiempo va más rápido estos días, que los minutos vuelan, que no es que no sepa administrarme sino que el mundo ya no gira a las 24 horas sino mucho más veloz. Por eso la ausencia de letras acá y acullá. El tiempo para construirme y reconstruirme ha requerido de cada segundo posible en los últimos dos años. Y el resultado, la verdad, me está gustando. Hoy termino de calificar a los 200 alumnos en su primer parcial y a la noche salgo con la novia y los amigos (esos que sobrevivieron a la maestría quedándose en Tijuana) al concierto de Los Ángeles Azules. Salgo a vivir otra de las ciudades que existen dentro de la misma ciudad. Could it be more perfect?

4 comentarios:

Enrique Aguilar dijo...

Excelente, vivir la ciudad como estudiante que como profesionista es diferente, ya la ves con otros ojos. He visitado aquellos rumbos, no obstente ahora mi percepcion de aquel espacio suburbano "satelite desertico" es otra, que no hacen mas que recordar mi terruño y las 2 horas de mi vida que perdia en el transporte. Ese es el espacio que el capitalismo les deja a aquellos que lo hacen mover desde abajo. Ciudades satelite que tienen que construir una vida para no perderse en el olvido en lo mas lejano de la ciudad.

ic dijo...

La vida sigue, qué bien. ¡Felicidades!

Anónimo dijo...

Felicidades Meli... ya estrañabamos tus letras. Como siempre hermosas fotos. Exitos en tu nueva vida-carrera.

Hadassa Ceniceros dijo...

Qué gusto leerte. No cabe duda la narrativa se te da.