viernes, 17 de octubre de 2014

calcetín

Llego al aula A32 con el grupo 505. Son las 8 con 5 minutos A.M. Estoy lista para dos horas de clase. Ahí me encuentro frente a 36 alumnos; de mis grupos, el más numeroso. Son aspirantes a ingenieros, apenas cursan su primer semestre y –como tal– aún no está definido su perfil profesional. Es que en esta Facultad se ofrecen como diez ingenierías y pues en la etapa denominada Tronco Común se les agrupa para que compartan nociones generales de ese campo. Ingeniería en Energías Renovables, Bioingeniería, Mecatrónica, Mecánica, Eléctrica, Electrónica, Aeroespacial, en Sistemas (computacionales, supongo), Civil e Industrial (éstas dos, por antiguas acaso, las menos populares). En esta ocasión vengo bien preparada, lista para que centren su atención en los contenidos de la clase sin distracciones. Ya en alguna otra sesión los distraje con mi blusa abierta. En fin: empiezo a acumular historias de poca heroicidad docente. Lo primero que hago este día, como cada sesión, es sacar de mi bolsa carga-libros unos folders manila donde traigo las listas de asistencia y algunos trabajos revisados que les voy a devolver. Me instalo en el escritorio en lo que los estudiantes se ubican en sus asientos. De pronto, una alumna hace notar la presencia de un calcetín. La prenda está en el suelo junto a mi escritorio. Es café con líneas punteadas amarillas que se intersectan formando rombos. La verdad, ese calcetín solitario se me hace conocido… pero estoy segura que mío no es. Bastante risueños, otros estudiantes comentan la extraña aparición. ¿De quién es? ¿Quién lo trajo? Y (aún más intrigante) ¿quién lo dejó? Es decir: ¿cómo alguien olvida un calcetín en la escuela? Restándole importancia al misterio (al menos en apariencia), imparto lo previsto para esa sesión. La asignatura (o “unidad de aprendizaje”, como le llama ahora el sistema educativo) se denomina Comunicación oral y escrita, de manera que estamos revisando estrategias para hablar en público y para manejo de audiencias difíciles. Ellos exponen y yo sigo pensando en ese calcetín, al que volteo a ver con disimulo de vez en vez. Parece limpio. O sea: no se le ve que haya llegado por arrastre. Culmina la clase. Me paro junto al mencionado hallazgo tratando de clarificar su identidad. ¿Nos hemos visto antes? Nuevamente la alumna que lo señaló al inicio me pregunta “¿pero de quién es? ¿qué hace aquí?” ante lo cual –como si en lugar de desconcierto me causara gracia– río y exclamo “¡qué cosa más rara!”. Reúno mis cosas y salgo del salón, archivando tal evento en un recóndito lugar de mi memoria, porque no es sino hasta una semana después que pregunto a mi novia: “oye, beibi, ¿tú no tienes unos calcetines cafés con líneas amarillitas como en rombo?”. Tremendo mi pasmo cuando la respuesta se precipita contundente y en singular: “¡Sí, ¿dónde está?! Lo ando buscando”. ¡Oh, mi Dior! Seguro estaba en mi bolsa carga-libros y al sacar los folders salió volando. Ahora bien, ¿cómo llegó a mi bolso? Bueno, tal vez ésa sea una incógnita con la que tendremos que vivir todos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Jajajaaa... suele suceder, y se veran cosas peores dice la biblia... saludos Meli...

alex dijo...

jajajaja... que historia!